lunes, diciembre 12, 2011


LA PALABRA AL SILENCIO

Mi novia y yo terminamos hace tres días. No fue rápida, no fue concreta y creo que utilizó tantos lugares comunes que me quedó el sabor de una inconsistencia increíble. De todas formas, desde el instante en que entendí hacia donde se dirigía, sólo quise quedarme en silencio…

Hoy por la tarde viniendo en el MIO, cayó un aguacero bien propio de estos días de invierno. Mejilla apachurrada contra el cristal, mi pasatiempo era ver con melancolía las gotas de lluvia sobre el vidrio como pequeñas lágrimas. Aún en silencio absoluto, me dedicaba a pensar mientras el bus avanzaba con su lentitud habitual. Entonces, de repente, caí en cuenta de que el silencio es mucho más cotidiano de lo que solemos creer y que guarda un valor no siempre apreciado. De hecho, pareciera que nuestra vida fuera solamente una cuestión de palabras, pero este personaje está siempre ahí, imperceptible y evidente a la vez.

De golpe pensé en el silencio fúnebre, el de la muerte, que me pareció no obstante un buen sinónimo de tranquilidad. Y de la mano apareció el silencio de la oscuridad, aquel desde donde acecha El Coco y otros tantos engendros tradicionales. Hay también silencios agradables, por ejemplo, el que todo caleño ha tenido que vivir: aquel tranquilo y apacible que se siente a las 5:30 p.m., con un atardecer maravilloso y un viento fresco acariciándonos.

Silencios hay en todas partes, de todo tipo. ¿Qué tal el artista que los necesita para respirar y exclamar sus siguientes líneas o para tocar su siguiente nota? ¿Y nuestras charlas habituales? Todos hacemos uso de él cuando separamos cada una de nuestras palabras. De no ser así, ¿cómoharíamosparadiferenciarlas,cómosabercuálescuál?

Tras un segundo, un frenazo abrupto lanzó mi mirada de nuevo sobre las gotas de lluvia, el desamor y las escenas de la última cita. Entonces hallé nuevamente al Silencio, pero este otro lo descubrí doloroso. Aquel maldito que surgía tras mis preguntas cuando tú no respondías, y que parecía no decir nada aunque en realidad dijera mucho. Suficiente para despedazar mi corazón, para dejarlo mutilado por una especie de viento seco.

Pensando en ella recordé el dulce silencio de los enamorados. Los momentos en donde no tienen ninguna importancia las palabras: el del helado que se comparte, el que une cuando se anda o se descansa tomándose de la mano; o aquel otro, el seductor previo al beso, sea donde sea, cuando las palabras se agotan, las manos se tientan y las miradas juguetean. Y aquel que no te abandonará fácilmente tras haberlo escuchado: el silencio profundo durante el amor. El que sólo se romperá con los murmullos privados y los roces orquestales de los cuerpos.

Entonces tocó bajarse. Caminando hacia el salón me di cuenta de que el silencio también puede hacernos un bien. Yo, por ejemplo, estaba viviendo un silencio consciente que hacía madurar mis palabras; uno reflexivo que buscaba evitarme las frases inoportunas, las metidas de pata (seguidas de un silencio particularmente bochornoso) y también, claro está, el uso de tantísimas frases de cajón que usamos a diario, no sé por qué –creo yo, por tanta telenovela– en nuestra vida de pareja. Éstas, al fin y al cabo, no hacen más que desgastar el corazón a golpe de millones de “te amo”, sin tener en ningún caso, un delicioso y fresco sabor de sinceridad en nuestros labios. 



¿A CUENTA DE QUÉ?

Me acosa el machismo y no me lo aguanto. DE-SES-PE-RAN-TE. Desesperante el efecto producido por esa desgracia de pensamiento que hace décadas nuestra sociedad patriarcal ha sostenido. Me ataca con ironía, me tira lances desde pancartas de hombres “machísimos”, sin camisa, con yines de moda, y celebrando su hombría al lado de mujeres provocativas que les reiteran su victoria: haberlas ganado como trofeos.

¿A cuenta de qué cada oportunidad de conversación con una mujer debe terminar en la cama; yo, como todo un varón que levanté, ella como otra perra fácil? ¿A cuenta de qué actuar al contrario: sólo buscar amistad, conocimiento, comprensión, significa enseguida el estigma de pendejo? ¿Por qué a toda la que “me da papaya” tengo que hacerle la vuelta? ¿Por qué debo hacer de mi vida sexual algo público para mantener mi estatus de macho Alfa? Por ahí está el parche… acosándote para que acates lo que las sumas leyes de la hombría dicen que hay que hacer, aunque de pronto uno no está de acuerdo con ellas. Para uno mismo es suficiente saber, por ejemplo, que la belleza de esa niña que nos encanta no está sólo en sus senos o en sus nalgas; sino también (y a veces por mayor razón) en la forma en que nos hace reír, hablar, cuestionarnos y pensar.

No me aguanto el machismo por su forma de ver el mundo: una división rotunda entre hombres y mujeres, y reiterada con su lenguaje vulgar y corrosivo: “Hoy me la como”, “El hombre propone, la mujer dispone”, “Cuando el hombre habla, la mujer calla”, “Hágalo con verraquera como cuando orinaba parado”. No me lo aguanto de parte y parte. En su acción sobre los hombres que nos convierte a todos en unos morbosos y obsesivos buscadores de sexo; ni sobre las mujeres, que a pesar de su legítimo agravio sufrido históricamente, parece que a veces encuentran en el machismo el escudo perfecto para hacer y deshacer en sus relaciones afectivas: para colgarte el teléfono cuando les da la gana o para exigirte compromisos que no cumplen. Hastiado estoy de ese victimismo que en ocasiones tanto disfrutan y que el propio machismo les ha otorgado.

Y resulta angustiante que esta desgraciada ideología con que nacimos, que busca meterse a nuestras bocas a la menor oportunidad, nos niegue a los hombres el derecho a la expresión natural de nuestros sentimientos. ¿A cuenta de qué la ternura ya no nos pertenece sino para tramar a la niña de la noche? Como hombre también puedo y deseo ser tierno, porque se me da la gana ser tierno, fraterno, con mis hermanos, con mis amigos, mis parceros. Darles un abrazo puede expresar también lo que se lleva en el alma.

Este machismo de mierda nos ha censurado a los hombres el corazón y nos ha puesto en un rincón, en forma de tabú, todo gesto de poesía, cariño, duda, fragilidad y ternura. Andamos acosados por el fantasma de la “mariconería” que como dementes vemos en cualquier esquina; y nos ha tocado a todos, en algún momento de nuestra vida, andar siempre a la defensiva, intranquilos, sin poder ser hombres plenamente humanos. El machismo nos acosa… pero yo ya no me lo aguanto.



56 AÑOS DE JUVENTUD


¿No se han preguntado cómo ciertos viejitos bonachones sonríen más que una quinceañera y andan con más energía que los conejitos de Duracell? Y es que ciertos tíos, abuelos o papás, cincuentones, sesentones, setentones, cumplen a las mil maravillas la expresión “todos tenemos un niño en nuestro interior”. Con todo y sus barbas y canas, sus cerveceras barrigas y pieles honestamente envejecidas. Pero los he visto: como bailarines incansables de la vida, repletos de jolgorio, de chiste, de alegría juvenil.  ¿Cómo mantuvieron el color de sus tiempos mozos, el espíritu del juego, de la risa y la confianza descomplicada? Todas éstas, a mi parecer, características esenciales del ser joven.

La idea de la juventud, tan apreciada en estas sociedades consumistas de placer, se enriquecería muchísimo si pensáramos que va más allá del cuerpo. Por varias décadas el mercado se ha encargado eficientemente de ofrecernos  juventud en recetas, cápsulas, operaciones, revistas… No ha logrado convertirla en una aplicación de Iphone ni en la siempre añorada crema de Photoshop, pero ha sido eficaz en lograr que muchos asumamos, con cierto facilismo, infinita cantidad de propuestas materiales para pretender ser siempre jóvenes.

Doble error:
Obsesionarnos con un deseo que desafía la naturaleza de la vida
y reducir la juventud a un asunto corporal.

Pues por mucho que lo temamos, llegará el momento en que la ropa no nos ajustará; nuestros músculos revolotearán flácidos y nuestra piel se plegará inevitablemente sobre el rostro. Con el tiempo no veremos tan bien, no aguantaremos el mismo ritmo fiestero del pasado y hasta el sexo tendrá desazones inesperadas. Llegarán también deudas por pagar, una familia que mantener, negocios donde nos tumbarán, acuerdos y amistades que serán traicionados (y traicioneros), y nuestros padres sólo serán un bello recuerdo para nuestros hijos.  

Aceptando entonces que tendremos que cambiar radicalmente nuestras rutinas, y que nuestro cuerpo cederá de una u otra forma a los desgastes del tiempo, ¿no sería bueno creer que la fuente de la eterna juventud yace en nuestro interior? ¿Que beber de ella no es sino pensar y actuar de un cierto modo, y dejar de lado los afanes y artificios de nuestra sociedad, que iguala estrictamente belleza y placer con juventud?

Creo que un elemento importante es la forma en que se toma la vida. Podremos estar endeudados, gordos, feos y canosos, pero nada nos arrebatará el derecho a sonreír frente a los malestares, o el derecho a seguir gozando de cada instante “insignificante”. Y será una decisión personal continuar siendo curiosos, no perder la eterna sorpresa o colorear con nuestra creatividad el día a día. Por mi parte yo querré seguir jugando, con todo y mi vejez, jugando y burlándome hasta de mi propia cara arrugada. Mucho más nos envejecería una existencia llena de amargura, decepción y dejadez, sin actividades o proyectos, sosa y aburrida.

Afortunadamente todo lo anterior mi padre no ha dejado de demostrármelo. No se cansó de inventarme disfraces estando yo pequeño, no se ha aburrido de hacerme bromas ni de prestarse para todo tipo de jugarretas; no deja de creer que está siempre “tan joven y bonito”, y sus energías en efecto, le desbordan. Hasta el infinito y más allá. Y si esto que he dicho tiene algo de verdad, tal vez algún día, como él, por decisión propia mis 20 años se extenderán hasta los 56.



P.D: Y si de actitud se trata la cosa, les comparto un video 1-A para que no dejemos de vivir plenamente vitales:


sábado, septiembre 10, 2011

SOMBRAS DE MIS MAYORES

“Sombras de mis mayores” es un canto de tradición yoruba que invoca al Dios Changó por la suerte de sus hijos nacidos en el nuevo mundo de América. Éste ha sido  tomado de Cuatro Autores Mitos, Cuentos y Leyendas ASIA ÁFRICA EUROPA AMERICA, cooperativa editorial Magisterio, 1988; extraído a su vez de la novela Changó, el gran putas de Manuel Zapata Olivella. Disfrútenlo tanto como yo al leerlo la primera vez. Hemos nacido hermanados del mundo africano, europeo y americano; por nuestra alma, incluso sin notarlo, navega la historia de un continente, sus voces y ritmos. Mi corazón, y tal vez el tuyo, amigo latinoamericano, es un crisol del mundo.



               Ancestros
sombras de mis mayores
sombras que tenéis la suerte de conversar con los Orichas
acompañadme con vuestras voces tambores,
quiero dar vida a mis palabras.
           
Acercaos huellas sin pisadas
fuego sin leña
alimento de los vivos
necesito vuestra llama
para cantar el exilio del Muntu
todavía dormido en el sueño de la semilla.
           
            Necesito vuestra alegría
vuestro canto
vuestra danza
vuestra inspiración
vuestro llanto.
           
            Vengan todos esta noche.
¡Acérquense!
La lluvia no los moje
ni los perros ladren
ni los niños teman.
¡Traigan la gracia que avive mi canto!
Sequen el llanto de nuestras mujeres de sus maridos apartadas,
huérfanas de sus hijos.

            Que mi canto
eco de vuestra voz
ayude a la siembra del grano
para que el nuevo Muntu americano
renazca del dolor
sepa reír en la angustia
tornar en fuego las cenizas
en chispa-sol las cadenas de Changó.

            ¡Eia!    ¿Estáis todos aquí?
Que no falte ningún Ancestro
en la hora de la gran iniciación
para consagrar a Nagó
el escogido navegante
capitán en el exilio
de los condenados de Changó.
Hoy es el día de la partida
cuando la huella no olvidada
se posa en el polvo del mañana.
Escuchemos la voz de los sabios
la voluntad de los Orichas cabalgando
el cuerpo de sus caballos.

            Hoy enterramos el mijo
la semilla sagrada
en el ombligo de la madre África
para que muera
se pudra en su seno
y renazca en la sangre de América.

            Madre Tierra ofrece al nuevo Muntu
tus islas dispersas,
las acogedoras caderas de tus costas.
Bríndale las altas montañas,
las mesetas,
el duro espinazo de tus espaldas.

            Y para que se nutra en tus savias
el hijo nacido en tus valles
los anchos ríos entrégale
derramadas sangres
que se vierten en tus mares.





viernes, septiembre 02, 2011


365 DÍAS PARA RENACER

3… 2… 1….  Luego, fuegos multicolores ardieron en todo el planeta; los gritos de júbilo se mezclaron con la música de las casas, las plazas y las calles; la bebida y la comida brotaron como espuma de todos los rincones. Los abrazos, hacia todas direcciones. En un segundo, millones de voces de alegría festejaron en coro lo que algunos llaman happy new year, bonne nouvelle année, felice anno nuovo o glückliches neues Jahr. Que no es lo mismo pero es igual: en últimas así celebramos ese final-inicio que fue, ante todo, simbólico.

Un extraterrestre se hubiera divertido toneladas viendo cómo en tantos puntos de la Tierra las personas se aglomeraron en un día preciso, para cantar y emborracharse. Él no entendería. Quizás sólo habría visto girar a nuestro planeta una vez más sobre su eje y terminar otro ciclo alrededor del sol. Si este personaje hubiera descendido, tal vez habría observado que en ese día tan festivo las constelaciones no cambiaron mucho de lugar en el cielo, y que la luna se ocultó y resurgió como de costumbre. Y si este alienígena hubiera investigado un poco, habría hallado que para muchos el 31 de diciembre es el fin del año —en calendario gregoriano—; pero que para los tailandeses y camboyanos eso no ocurre sino en el 14 de abril. Que el año nuevo inca, el Inti Raymi (aún celebrado en nuestra ciudad y continente) sucede el 22 de junio; y que para los chinos y musulmanes, que operan con calendario lunar, el fin de año es entre enero y febrero para los primeros, y que los segundos ya lo habrían celebrado el 7 de diciembre.

En tanto símbolo, ese inicio de año debería infundirnos la fuerza para comenzar, con él, un nuevo ciclo en nuestra vida. Así como los meses nacen nuevamente, nosotros también podemos renacer y sentirnos frescos como el correr del viento al abrir la ventana. Es un buen momento para sacudir las sábanas de nuestra existencia y limpiarlas de polvo; una ocasión para zanjar deudas con el lado feo de nuestro carácter, para transformar nuestra cotidianidad con pequeñas grandes obras, para prometernos una vida nueva sin tener que morir.

Me preguntarán por qué escribo sobre el Fin de Año a comienzos de septiembre. Esto resultaría un tanto absurdo si no fuera por el hecho de que nada impide que ese espíritu de cambio, que tanto nos prometemos en esas fechas, se transmita a todos los momentos del calendario. Así, por mucho que se aleje el 31 de diciembre, es realmente valioso creer que incluso el despertar de cada día puede obtener el valor de un nuevo inicio, si tenemos la voluntad dispuesta para ello. Cualquier momento puede volverse un renacimiento, ya sea bajo la forma del final de una semana o de inicio de un nuevo noviazgo. A partir de un acto desinteresado hacia un desconocido o por lo impresionante de un torrencial aguacero. Y hasta lo más triste y desolador: la muerte, la soledad, las heridas, podía ser un punto de arranque, un trampolín en nuestra existencia, si tenemos el coraje para vivirlo.




DESEOS CREATIVOS

-Todos entran queriendo revolucionar el arte… luego, en quinto semestre se dan cuenta de que no lo harán y que les tocó ser licenciados. Ahí es cuando se retiran.- Así hablaba recientemente una amiga sobre los estudiantes de artes de su universidad. Un poco fatalista, pero esta anécdota escondería una actitud que vale la pena analizar.

¿Qué sucede en la cabeza de estos primíparos al entrar a la U? ¿Por qué sus deseos creativos se van refrenando al contacto del sistema educativo? ¿Será que los profes de veras le cortan a uno por completo las alas? Tal vez sí, tal vez no. Yo creería, sin embargo, que una razón es la apertura de nuestros horizontes de conocimiento. A muchos nos ha sucedido que nos acostumbramos a las alabanzas de nuestros pequeños círculos sociales, por nuestro “gran talento y conocimiento”.  Luego entramos a la universidad y ahí todo se complica. Porque queriéndolo o no, nos damos de frente con una dimensión del Arte mucho más amplia: miles de técnicas, grandes maestros, centenares de corrientes y estilos. Entonces  vamos comprendiendo, angustiados, que quizás nuestras ideas no son tan grandes, que no son tan originales y que ni son tan ideas.

Pero pasar de ese choque, en mi opinión perfectamente normal, a la idea determinista de que nuestras propuestas, talento y esfuerzo son insignificantes, porque “en el arte ya todo fue inventado”, es una pésima conclusión.

Botticelli, Magritte y Man Ray se parecen, con todo y sus 5 siglos de diferencia. Cuando observamos a estos artistas del Renacimiento y del surrealismo respectivamente, uno reconoce su “genialidad”; pero también su momento histórico, sus condiciones sociales y el ambiente en que se formaron. Y además, que si bien algunos nacieron con aptitudes para ejercer sus oficios con excelencia, ninguno se dejó caer en las tumbas de la gloria, ni dejó de esforzarse día tras día. Yo me pregunto de qué sirve un inmenso talento innato sin un medio adecuado que lo encauce y potencie. ¿De qué sirve una excelente pintura pero estancada en su pote; un pincel perezosamente alejado de la tela, y un pintor engreído y adormilado? Siento que sólo el talento no basta, que como dicen: “hay que leer”. Y camellar, camellar mucho diariamente.

La desilusión de los primíparos no me es ajena, la entiendo muy bien. Estudiando los grandes fenómenos del arte, uno creería que no hay ninguna novedad en lo propio, que no vale la pena insistir… ¡Por favor, pensemos mejor! La Historia nos ha demostrado cómo los buenos artistas han florecido con el tiempo, el estudio, las buenas compañías y la práctica. En serio, ¿qué nos impide a nosotros serlo? ¿Tan poca confianza tenemos en nosotros mismos?

Como principiantes en general pecamos mucho por inexperiencia. En 5 semestres, ¡tan sólo 5 semestres!, sería absolutamente arrogante tomarse por el non plus ultra del arte, la vanguardia encarnada. Aún falta recorrido, conocer los modelos de maestría, forjarnos una identidad (y no sólo hablo de la artística). Aún falta salir del cascarón. Pero tampoco va para nada bien dar por sentado en ese mismo tiempo, que nuestra potencialidad está marchita o que nuestra creatividad es un cero a la izquierda. Es una cuestión de creer. Porque yo, así como vos, creo de crear y creo de creer. 




viernes, mayo 20, 2011

PREÁMBULOS DE UN MEJOR SER HUMANO

Despacito uno va aprendiendo,

porque uno siempre va aprendiendo,

así como de a poquitos,

uno va creyendo,

y también un poco, creo, a las patadas,

que siempre existirán

esas épocas en donde tendremos

un buen y agradable remanso.


Y luego uno va aprendiendo,

porque uno siempre va aprendiendo,

que van a haber los otros momentos.

No sé nos hará tan raro pensar,

con el paso del tiempo,

que así, como de a poquitos,

y también como a las patadas,

existirán necesariamente

esos momentos infaltables del vivir,

en donde uno, que soy yo o sos vos,

mete hasta el fondo la pata.


Entonces uno va comprendiendo,

porque uno siempre va comprendiendo;

y no se hace tan raro saber

por qué ya no se puede bien dormir,

aunque en general haga bien dormir,

aunque siempre haga bien dormir,

aunque en el fondo queramos bien dormir.


Esos son los días, creo,

en los que uno tiene que continuar

así, aprendiendo,

comprendiendo,

queriendo,

porque uno nunca deja de hacerlo,

así como de a poquitos

y esperando que no siempre a las patadas,

que podamos dejar ya de sentir,

por dentro y por fuera,

eso que uno siente:

la decepción de lo que fuimos

y que no queremos nunca

pero nunca, volver a ser.


ESE PROFESOR DE SOCIALES

Probablemente muchos hemos vivido la experiencia. De golpe entra ese profesor (en mi caso de ciencias sociales de Octavo), agarra todas nuestras ideas pendejas, y en cómodas clases de 2 horas las revuelca por completo. Recuerdo que en aquellos momentos sólo existía su imagen brillando de sabiduría y su elocuencia envolviéndonos como una seda. Sin darse cuenta a uno la vida ya le había dado un vuelco; ya nada era como antes, todo tenía un sentido, ¡había que hacer algo por el país! Y enseguida uno, aún embelesado, se le acercaba con la pregunta campeona: “¿profe, y usted por qué no fue presidente…?”. Hoy en día creo entender la decisión de mi maestro por una profesión pedagógica frente a un cargo alto en el Ejecutivo. Él sabía muy bien que su labor, aun si normalmente no lo creemos, tiene un gran valor político.

La clave, creo yo, es dejar de pensar que la política es sólo asunto de senadores, partidos o votaciones. Muchas veces caemos en tal reduccionismo, pero ésta es una actividad cotidiana y contextual; va de la mano con las prácticas de convivencia y de decisión personal o grupal.

No tenemos que pertenecer al Partido Morado o ir a una urna para obrar políticamente. Desde esta mirada no pierde su valor el trabajo de una junta de acción comunal, de una asociación estudiantil o el consenso realizado en una clase para pedir silencio. El punto es reconocerse partícipe de una sociedad civil y construir tejido social, y por eso no es obligatorio volverse Presidente de la República para ser sujetos políticos. De hecho los maestros (los buenos) lo son cuando forjan en sus estudiantes un espíritu reflexivo y un determinado carácter ético.

Mi profe de ciencias sociales, como tantos otros, contribuyó ―y contribuye― en la formación de lo que yo llamo un gusto moral. Así como desarrollamos con el tiempo una preferencia por las pelirrojas o pelinegras, los altos o flacos, la comida con sal o los jugos sin azúcar; en ética las cosas no son tan diferentes. Tanto nuestra familia, nuestros amigos y la escuela nos han ido moldeando para que consideremos repulsivo ―y no podamos realizarlas― acciones como maltratar a nuestros padres, robarle a un inválido, asesinar o violar. Claro, en Colombia parecería que a muchos todo les sabe igual y que son capaces de todo…

Esos profes, que no fueron alcaldes ni gobernadores ni jefes de Estado, forman el criterio y los hábitos de uno, actual o futuro ciudadano. Ellos son quienes nos hacen entender lo razonable o irrazonable de las leyes que rigen nuestra sociedad; y nos invitan a actuar según ellas de manera consciente. Ellos nos hacen comprender por qué no hay que conducir ebrio, ni sacar contraseñas falsas, ni evadir impuestos, ni hacer carruseles de contrataciones con el dinero público para ganarse licitaciones ultramillonarias (y al que le caiga el guante, que se lo Nule…).

Esos pedagogos sabían perfectamente que no tenían que llegar a la cima del Gobierno para construir sociedad. Que desde sus humildes escritorios fijaban principios de vida en quienes, quizás con cierta suerte o esfuerzo, alcanzarían puestos de igual o mayor trascendencia en la vida del país. Ese profe de sociales sabía, en últimas, y ahora lo entiendo y hago honor a su empeño, que no se puede esperar una excelente sociedad formada de pésimos ciudadanos.



jueves, abril 28, 2011

COMO OVEJAS Y OSOS

Al amanecer después de un aguacero, el día se inunda de caminos de barro. Al pasar, entre tanto pasto húmedo, sobre tanta tierra suave empapada de pisadas, moldeada por las suelas hasta lo más plástico y blando; al untarme de aire, con sus olores mundanos y un poco de humo, mariguana y rocío; entonces se me antoja de repente dejar caer de una buena vez tantas atiborrantes palabras con aura y cara de elegancia y de yo no fui pomposo.

Ya que la silla de piedra y su pintura caída me comentan lo que los charcos y las manchas de salsa de frijoles sobre la camisa me repiten. Lo que el musgo fresquito, el grafito del Mirado y el chicle de la tarde sienten, y que los minutos a 200, los culos y colas, chitos y bombombunes gritan también.

Es que poco a poco la metáfora me sabe a hueso y hablar de tanta esencia, concepto e idea subyacente me comienza a hastiar con su gusto refinado de fantasma.

Que si quiero hablar de un árbol y su copa, pues no es porque quiera irme por las ramas. Que si hablo de un océano, no es eso entonces un espejo interior, ni son sus olas la cadencia mimetizada del espíritu. ¡No! ¡No se me antoja! Ahora no quiero que sean sino eso: un océano –como una rosa es una rosa es una rosa-; ese mismo eterno puto lago gigantesco que no me deja besarte; ese mismo eterno puto obstáculo que yo no puse y que no deja hacernos el amor. Y que si hablo de mi silencio, no es que quiera decir algún otro cuento místico sobre un estado sicológico digno del mayor de los estudios y de los ensayos. Pues no, sólo es que quiero quedarme callado, así bien en silencio, con la jeta cerradita que se me gasta la lengua con el pasar de tanto día.

No me quiero roer más tanto hueso rebuscado. Le llego hasta la médula y se va poniendo seco y con mucha sal. No me lo roo más porque en el fondo sí sé que hay carne, por ahí guardándose, y también tendón, esperando, y verduras que crecen gorditas, todas listas a ser palabras de tinta, siempre de tinta, que en todo caso son eso, tinta, que siempre serán eso, tinta, mucha tinta, pero ¡qué tinta! De eso son, pero… ¿saben? No sé porque esas palabras tinturadas de cotidianidad me saben tanto a un buen almuerzo bien completo. Uno con sus papas, su arroz, su juguito pulposo. Y creo que podré digerirlo bien, caerá bien antes de dormir.

Porque son eso: un bendito juguito, unas papitas y un arroz, todas así, no más, sin mucha estridencia pero con su sabor cotidiano y tangible que ya las mastico. Y que no se nos olvide salir a caminar, bendito sea el día, y que veamos muchas nubes anchas y felpudas, muchas, muchas, ancladas en un cielo de azul honesto, como ovejas y osos.


PEQUEÑAS GRANDES OBRAS

No pocas veces caemos en alguna silla cotidiana con la plena convicción de que el mundo es, efectivamente, una mierda. Pero no es de sorprendernos esta conclusión, considerando el despliegue mediático que nos recuerda constantemente la guerras e injusticias de tantos países, la corrupción de los gobiernos, la destrucción progresiva del medio ambiente, el nivel de degenero y perversión que puede alcanzar el género humano… Nos inunda entonces la tristeza, el desconsuelo y la frustración, pues ¿para qué seguir creyendo que las cosas mejorarán cuando el panorama se ve irremediablemente perdido? ¿Para qué bregar tanto si en últimas nada cambiará?

Tales afirmaciones podrían ser, sin embargo, incluso más peligrosas que cualquier bomba o metralla, puesto que borran cualquier perspectiva u horizonte, cualquier estímulo que nos mueva. En un país como el nuestro eso es lo último que necesitamos: una juventud vacía de toda esperanza, llena de intenciones transformadoras pero oxidadas, y postrada en el cómodo facilismo de dar por perdido un torneo de antemano para no tener que ir a entrenar.

Nos hemos formado muy bien para creer que los cambios provienen de sucesos muy lejanos del cotidiano. Pensamos que todo ha surgido de individuos cuyas fotos pueblan las enciclopedias de historia, y confiamos que siempre los logros importantes tienen que ser a gran escala y dirigidos por algún caudillo fuera del común. Al parecer esperamos demasiado que una gran revolución desenrede este envolate de mundo de un solo golpe. Así de facto, rapidito, sin tanta vuelta.

Pero no pensamos, o al menos no tan a menudo, que las transformaciones más radicales pueden florecer en espacios mucho más pequeños como nuestras aulas de clase, en nuestra vida de pareja, nuestra familia, nuestros círculos de amigos, y sobre todo, en nosotros mismos. Porque sentimos, o al menos eso se ha arraigado en nosotros hace ya un tiempo que la vida privada y vida pública, individuo y sociedad, personalidad y política son eso: realidades duales, aspectos separados e irreconciliables. Por ello en nuestros tiempos de “cada uno para sí y Dios para todos”, nuestra imagen propia como actores de cambio es ínfima; que sólo con grandes acontecimientos (generalmente curules en el congreso, elecciones de presidente o bombas y similares) este país; ¡no qué va! el mundo entero da un giro. Es curioso porque esto sucede en estos tiempos de los “granitos de arena”. Al parecer no nos lo tomamos muy en serio.

Para tantos pobres mortales lazados a este plano terrenal, inmersos en espacios turbulentos y de fuerzas a la cuales no tenemos acceso (fácilmente), parecería que el cliché del granito por la paz debe ser reconsiderada. Pero sacudamos el polvo de ese eslogan tan usado, ¿cómo en realidad puede funcionar? En esta época tan convulsionada esto puede significar la interesante apuesta personal de que cada uno lleve sus ideales de mundo y país a los escenarios más cotidianos (y aparentemente irrelevantes) y garantizar su armonía. Ya escucho las voces que me pedirán de inmediato una cierta unicidad en cuanto los “ideales de mundo y de país”; pero hay algo claro: para aquellos deseosos de tales discusiones filosóficas, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

La apuesta es llevar aquello que proclamamos como valores universales, como principios rectores de nuestra sociedad y ponerlas en marcha dentro de cada quien. Partamos de la idea de que cada uno es en sí mismo un proyecto de país por construir; así pues, ¿no se les hace incoherente anunciar a cuatro vientos la libertad, la democracia, el respeto, la equidad o la soberanía, como bienes fundamentales; pero que al voltear el rostro manipulemos a nuestra pareja para que acepte algo, no consultemos la opinión de nuestros compañeros de estudio, irrespetemos a nuestros padres, siempre queramos ganarnos la torta completa o no seamos soberanos ni de nuestros propios cuerpos de traba en traba o de borrachera en borrachera?

Lo que resultará de eso no será un cambio estruendoso, de pomposidad difundida como los resultados del campeonato mundial de futbol o el ganador de unas presidenciales. Claro que no. Lograremos, asumiendo que abandonamos la pereza de pensarnos como ciudadanos activos, una transformación silenciosa y radical. Ya que la apuesta por cambiar las costumbres es un proceso lento, demasiado lento para las velocidades de nuestras cotidianidades de zapping y Blackberry. Toda comunidad tiene un destino íntimamente unido al carácter de sus integrantes, eso no podemos obviarlo.

Los sueños de país se construyen con pequeñas grandes obras que tienen que ver con nuestro diario vivir. Al igual que toda línea se hace a partir de muchos puntos, este gran dibujo que es Colombia se construye con acciones permanentes de todos. Toca hacer país desde nuestra levantada hasta la dormida, desde un “por favor” hasta un “disculpe, podría colaborarme…”, desde que filtramos nuestro idioma en busca de cualquier rastro de machismo, racismo, xenofobia o autoritarismo; desde que salimos de nuestra narcisista fascinación por la vida cómoda. Como lo dice Pirry: “Una revolución de las pequeñas cosas”.

Yo creo que no veré los cimientos de este país removidos y pulidos; de pronto mis hijos apreciarán algo de ello. Empero estoy consciente de que, si bien me harán falta algunas generaciones, al menos en lo que concierne a ésta, yo podré dar fe de que vamos en buena ruta por las personas que encontraré a mi paso y que compartirán, como yo, esta propuesta política. Más aún, esto es un estilo de vida, y no pretende ser en todo caso un ingenioso escape a acciones de mayor envergadura en este mundo. Pero todo a su tiempo, todo a su tiempo. Como lo he dicho: ya se sentirán los cambios al irse encontrando todos aquellos que hayan decido actuar de este modo. En este mundo hay mucha gente buena, yo lo sé, usted lo sabe; ¿será que tantas buenas almas sólo nos hayamos dispersos; alejados y aguardando encontrar los espacios para vincular nobles pensamientos y proyectos?

Todo esto, tal vez la megaobra más ambiciosa de Cali, verá sus frutos en el modo de vivir de sus habitantes, pero la condición será que cada uno devenga su propio veedor. Pequeñas grandes obras para ver un día, tarde o noche en que los hermanos sean mejores hermanos y se abracen más a menudo. Que los hijos no olviden a sus padres. Que entre los amigos no pase de moda ser responsable. Que sea un “parche” ser excelente estudiante. Que la marca imperecedera en esta sociedad capitalista sea la sensibilidad y el espíritu crítico. Que cumplamos nuestros acuerdos de pareja. Que de la jerga se esfume poco a poco la soberbia y el egoísmo. Que el arte no sea lo último que se nos ocurra como plan. Que se apaguen más los televisores y se abran más libros. Que la belleza de cuerpo sea también armonía de espíritu. Que en cada espacio de este kosmos podamos encontrar un amigo nuevo…