lunes, diciembre 12, 2011
sábado, septiembre 10, 2011
viernes, septiembre 02, 2011
viernes, mayo 20, 2011
PREÁMBULOS DE UN MEJOR SER HUMANO
Despacito uno va aprendiendo,
porque uno siempre va aprendiendo,
así como de a poquitos,
uno va creyendo,
y también un poco, creo, a las patadas,
que siempre existirán
esas épocas en donde tendremos
un buen y agradable remanso.
Y luego uno va aprendiendo,
porque uno siempre va aprendiendo,
que van a haber los otros momentos.
No sé nos hará tan raro pensar,
con el paso del tiempo,
que así, como de a poquitos,
y también como a las patadas,
existirán necesariamente
esos momentos infaltables del vivir,
en donde uno, que soy yo o sos vos,
mete hasta el fondo la pata.
Entonces uno va comprendiendo,
porque uno siempre va comprendiendo;
y no se hace tan raro saber
por qué ya no se puede bien dormir,
aunque en general haga bien dormir,
aunque siempre haga bien dormir,
aunque en el fondo queramos bien dormir.
Esos son los días, creo,
en los que uno tiene que continuar
así, aprendiendo,
comprendiendo,
queriendo,
porque uno nunca deja de hacerlo,
así como de a poquitos
y esperando que no siempre a las patadas,
que podamos dejar ya de sentir,
por dentro y por fuera,
eso que uno siente:
la decepción de lo que fuimos
y que no queremos nunca
pero nunca, volver a ser.
ESE PROFESOR DE SOCIALES
Probablemente muchos hemos vivido la experiencia. De golpe entra ese profesor (en mi caso de ciencias sociales de Octavo), agarra todas nuestras ideas pendejas, y en cómodas clases de 2 horas las revuelca por completo. Recuerdo que en aquellos momentos sólo existía su imagen brillando de sabiduría y su elocuencia envolviéndonos como una seda. Sin darse cuenta a uno la vida ya le había dado un vuelco; ya nada era como antes, todo tenía un sentido, ¡había que hacer algo por el país! Y enseguida uno, aún embelesado, se le acercaba con la pregunta campeona: “¿profe, y usted por qué no fue presidente…?”. Hoy en día creo entender la decisión de mi maestro por una profesión pedagógica frente a un cargo alto en el Ejecutivo. Él sabía muy bien que su labor, aun si normalmente no lo creemos, tiene un gran valor político.
La clave, creo yo, es dejar de pensar que la política es sólo asunto de senadores, partidos o votaciones. Muchas veces caemos en tal reduccionismo, pero ésta es una actividad cotidiana y contextual; va de la mano con las prácticas de convivencia y de decisión personal o grupal.
No tenemos que pertenecer al Partido Morado o ir a una urna para obrar políticamente. Desde esta mirada no pierde su valor el trabajo de una junta de acción comunal, de una asociación estudiantil o el consenso realizado en una clase para pedir silencio. El punto es reconocerse partícipe de una sociedad civil y construir tejido social, y por eso no es obligatorio volverse Presidente de la República para ser sujetos políticos. De hecho los maestros (los buenos) lo son cuando forjan en sus estudiantes un espíritu reflexivo y un determinado carácter ético.
Mi profe de ciencias sociales, como tantos otros, contribuyó ―y contribuye― en la formación de lo que yo llamo un gusto moral. Así como desarrollamos con el tiempo una preferencia por las pelirrojas o pelinegras, los altos o flacos, la comida con sal o los jugos sin azúcar; en ética las cosas no son tan diferentes. Tanto nuestra familia, nuestros amigos y la escuela nos han ido moldeando para que consideremos repulsivo ―y no podamos realizarlas― acciones como maltratar a nuestros padres, robarle a un inválido, asesinar o violar. Claro, en Colombia parecería que a muchos todo les sabe igual y que son capaces de todo…
Esos profes, que no fueron alcaldes ni gobernadores ni jefes de Estado, forman el criterio y los hábitos de uno, actual o futuro ciudadano. Ellos son quienes nos hacen entender lo razonable o irrazonable de las leyes que rigen nuestra sociedad; y nos invitan a actuar según ellas de manera consciente. Ellos nos hacen comprender por qué no hay que conducir ebrio, ni sacar contraseñas falsas, ni evadir impuestos, ni hacer carruseles de contrataciones con el dinero público para ganarse licitaciones ultramillonarias (y al que le caiga el guante, que se lo Nule…).
Esos pedagogos sabían perfectamente que no tenían que llegar a la cima del Gobierno para construir sociedad. Que desde sus humildes escritorios fijaban principios de vida en quienes, quizás con cierta suerte o esfuerzo, alcanzarían puestos de igual o mayor trascendencia en la vida del país. Ese profe de sociales sabía, en últimas, y ahora lo entiendo y hago honor a su empeño, que no se puede esperar una excelente sociedad formada de pésimos ciudadanos.

jueves, abril 28, 2011
COMO OVEJAS Y OSOS
Al amanecer después de un aguacero, el día se inunda de caminos de barro. Al pasar, entre tanto pasto húmedo, sobre tanta tierra suave empapada de pisadas, moldeada por las suelas hasta lo más plástico y blando; al untarme de aire, con sus olores mundanos y un poco de humo, mariguana y rocío; entonces se me antoja de repente dejar caer de una buena vez tantas atiborrantes palabras con aura y cara de elegancia y de yo no fui pomposo.
Ya que la silla de piedra y su pintura caída me comentan lo que los charcos y las manchas de salsa de frijoles sobre la camisa me repiten. Lo que el musgo fresquito, el grafito del Mirado y el chicle de la tarde sienten, y que los minutos a 200, los culos y colas, chitos y bombombunes gritan también.
Es que poco a poco la metáfora me sabe a hueso y hablar de tanta esencia, concepto e idea subyacente me comienza a hastiar con su gusto refinado de fantasma.
Que si quiero hablar de un árbol y su copa, pues no es porque quiera irme por las ramas. Que si hablo de un océano, no es eso entonces un espejo interior, ni son sus olas la cadencia mimetizada del espíritu. ¡No! ¡No se me antoja! Ahora no quiero que sean sino eso: un océano –como una rosa es una rosa es una rosa-; ese mismo eterno puto lago gigantesco que no me deja besarte; ese mismo eterno puto obstáculo que yo no puse y que no deja hacernos el amor. Y que si hablo de mi silencio, no es que quiera decir algún otro cuento místico sobre un estado sicológico digno del mayor de los estudios y de los ensayos. Pues no, sólo es que quiero quedarme callado, así bien en silencio, con la jeta cerradita que se me gasta la lengua con el pasar de tanto día.
No me quiero roer más tanto hueso rebuscado. Le llego hasta la médula y se va poniendo seco y con mucha sal. No me lo roo más porque en el fondo sí sé que hay carne, por ahí guardándose, y también tendón, esperando, y verduras que crecen gorditas, todas listas a ser palabras de tinta, siempre de tinta, que en todo caso son eso, tinta, que siempre serán eso, tinta, mucha tinta, pero ¡qué tinta! De eso son, pero… ¿saben? No sé porque esas palabras tinturadas de cotidianidad me saben tanto a un buen almuerzo bien completo. Uno con sus papas, su arroz, su juguito pulposo. Y creo que podré digerirlo bien, caerá bien antes de dormir.
Porque son eso: un bendito juguito, unas papitas y un arroz, todas así, no más, sin mucha estridencia pero con su sabor cotidiano y tangible que ya las mastico. Y que no se nos olvide salir a caminar, bendito sea el día, y que veamos muchas nubes anchas y felpudas, muchas, muchas, ancladas en un cielo de azul honesto, como ovejas y osos.
PEQUEÑAS GRANDES OBRAS
No pocas veces caemos en alguna silla cotidiana con la plena convicción de que el mundo es, efectivamente, una mierda. Pero no es de sorprendernos esta conclusión, considerando el despliegue mediático que nos recuerda constantemente la guerras e injusticias de tantos países, la corrupción de los gobiernos, la destrucción progresiva del medio ambiente, el nivel de degenero y perversión que puede alcanzar el género humano… Nos inunda entonces la tristeza, el desconsuelo y la frustración, pues ¿para qué seguir creyendo que las cosas mejorarán cuando el panorama se ve irremediablemente perdido? ¿Para qué bregar tanto si en últimas nada cambiará?
Tales afirmaciones podrían ser, sin embargo, incluso más peligrosas que cualquier bomba o metralla, puesto que borran cualquier perspectiva u horizonte, cualquier estímulo que nos mueva. En un país como el nuestro eso es lo último que necesitamos: una juventud vacía de toda esperanza, llena de intenciones transformadoras pero oxidadas, y postrada en el cómodo facilismo de dar por perdido un torneo de antemano para no tener que ir a entrenar.
Nos hemos formado muy bien para creer que los cambios provienen de sucesos muy lejanos del cotidiano. Pensamos que todo ha surgido de individuos cuyas fotos pueblan las enciclopedias de historia, y confiamos que siempre los logros importantes tienen que ser a gran escala y dirigidos por algún caudillo fuera del común. Al parecer esperamos demasiado que una gran revolución desenrede este envolate de mundo de un solo golpe. Así de facto, rapidito, sin tanta vuelta.
Pero no pensamos, o al menos no tan a menudo, que las transformaciones más radicales pueden florecer en espacios mucho más pequeños como nuestras aulas de clase, en nuestra vida de pareja, nuestra familia, nuestros círculos de amigos, y sobre todo, en nosotros mismos. Porque sentimos, o al menos eso se ha arraigado en nosotros hace ya un tiempo que la vida privada y vida pública, individuo y sociedad, personalidad y política son eso: realidades duales, aspectos separados e irreconciliables. Por ello en nuestros tiempos de “cada uno para sí y Dios para todos”, nuestra imagen propia como actores de cambio es ínfima; que sólo con grandes acontecimientos (generalmente curules en el congreso, elecciones de presidente o bombas y similares) este país; ¡no qué va! el mundo entero da un giro. Es curioso porque esto sucede en estos tiempos de los “granitos de arena”. Al parecer no nos lo tomamos muy en serio.
Para tantos pobres mortales lazados a este plano terrenal, inmersos en espacios turbulentos y de fuerzas a la cuales no tenemos acceso (fácilmente), parecería que el cliché del granito por la paz debe ser reconsiderada. Pero sacudamos el polvo de ese eslogan tan usado, ¿cómo en realidad puede funcionar? En esta época tan convulsionada esto puede significar la interesante apuesta personal de que cada uno lleve sus ideales de mundo y país a los escenarios más cotidianos (y aparentemente irrelevantes) y garantizar su armonía. Ya escucho las voces que me pedirán de inmediato una cierta unicidad en cuanto los “ideales de mundo y de país”; pero hay algo claro: para aquellos deseosos de tales discusiones filosóficas, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
La apuesta es llevar aquello que proclamamos como valores universales, como principios rectores de nuestra sociedad y ponerlas en marcha dentro de cada quien. Partamos de la idea de que cada uno es en sí mismo un proyecto de país por construir; así pues, ¿no se les hace incoherente anunciar a cuatro vientos la libertad, la democracia, el respeto, la equidad o la soberanía, como bienes fundamentales; pero que al voltear el rostro manipulemos a nuestra pareja para que acepte algo, no consultemos la opinión de nuestros compañeros de estudio, irrespetemos a nuestros padres, siempre queramos ganarnos la torta completa o no seamos soberanos ni de nuestros propios cuerpos de traba en traba o de borrachera en borrachera?
Lo que resultará de eso no será un cambio estruendoso, de pomposidad difundida como los resultados del campeonato mundial de futbol o el ganador de unas presidenciales. Claro que no. Lograremos, asumiendo que abandonamos la pereza de pensarnos como ciudadanos activos, una transformación silenciosa y radical. Ya que la apuesta por cambiar las costumbres es un proceso lento, demasiado lento para las velocidades de nuestras cotidianidades de zapping y Blackberry. Toda comunidad tiene un destino íntimamente unido al carácter de sus integrantes, eso no podemos obviarlo.
Los sueños de país se construyen con pequeñas grandes obras que tienen que ver con nuestro diario vivir. Al igual que toda línea se hace a partir de muchos puntos, este gran dibujo que es Colombia se construye con acciones permanentes de todos. Toca hacer país desde nuestra levantada hasta la dormida, desde un “por favor” hasta un “disculpe, podría colaborarme…”, desde que filtramos nuestro idioma en busca de cualquier rastro de machismo, racismo, xenofobia o autoritarismo; desde que salimos de nuestra narcisista fascinación por la vida cómoda. Como lo dice Pirry: “Una revolución de las pequeñas cosas”.
Yo creo que no veré los cimientos de este país removidos y pulidos; de pronto mis hijos apreciarán algo de ello. Empero estoy consciente de que, si bien me harán falta algunas generaciones, al menos en lo que concierne a ésta, yo podré dar fe de que vamos en buena ruta por las personas que encontraré a mi paso y que compartirán, como yo, esta propuesta política. Más aún, esto es un estilo de vida, y no pretende ser en todo caso un ingenioso escape a acciones de mayor envergadura en este mundo. Pero todo a su tiempo, todo a su tiempo. Como lo he dicho: ya se sentirán los cambios al irse encontrando todos aquellos que hayan decido actuar de este modo. En este mundo hay mucha gente buena, yo lo sé, usted lo sabe; ¿será que tantas buenas almas sólo nos hayamos dispersos; alejados y aguardando encontrar los espacios para vincular nobles pensamientos y proyectos?
Todo esto, tal vez la megaobra más ambiciosa de Cali, verá sus frutos en el modo de vivir de sus habitantes, pero la condición será que cada uno devenga su propio veedor. Pequeñas grandes obras para ver un día, tarde o noche en que los hermanos sean mejores hermanos y se abracen más a menudo. Que los hijos no olviden a sus padres. Que entre los amigos no pase de moda ser responsable. Que sea un “parche” ser excelente estudiante. Que la marca imperecedera en esta sociedad capitalista sea la sensibilidad y el espíritu crítico. Que cumplamos nuestros acuerdos de pareja. Que de la jerga se esfume poco a poco la soberbia y el egoísmo. Que el arte no sea lo último que se nos ocurra como plan. Que se apaguen más los televisores y se abran más libros. Que la belleza de cuerpo sea también armonía de espíritu. Que en cada espacio de este kosmos podamos encontrar un amigo nuevo…






