lunes, diciembre 12, 2011


LA PALABRA AL SILENCIO

Mi novia y yo terminamos hace tres días. No fue rápida, no fue concreta y creo que utilizó tantos lugares comunes que me quedó el sabor de una inconsistencia increíble. De todas formas, desde el instante en que entendí hacia donde se dirigía, sólo quise quedarme en silencio…

Hoy por la tarde viniendo en el MIO, cayó un aguacero bien propio de estos días de invierno. Mejilla apachurrada contra el cristal, mi pasatiempo era ver con melancolía las gotas de lluvia sobre el vidrio como pequeñas lágrimas. Aún en silencio absoluto, me dedicaba a pensar mientras el bus avanzaba con su lentitud habitual. Entonces, de repente, caí en cuenta de que el silencio es mucho más cotidiano de lo que solemos creer y que guarda un valor no siempre apreciado. De hecho, pareciera que nuestra vida fuera solamente una cuestión de palabras, pero este personaje está siempre ahí, imperceptible y evidente a la vez.

De golpe pensé en el silencio fúnebre, el de la muerte, que me pareció no obstante un buen sinónimo de tranquilidad. Y de la mano apareció el silencio de la oscuridad, aquel desde donde acecha El Coco y otros tantos engendros tradicionales. Hay también silencios agradables, por ejemplo, el que todo caleño ha tenido que vivir: aquel tranquilo y apacible que se siente a las 5:30 p.m., con un atardecer maravilloso y un viento fresco acariciándonos.

Silencios hay en todas partes, de todo tipo. ¿Qué tal el artista que los necesita para respirar y exclamar sus siguientes líneas o para tocar su siguiente nota? ¿Y nuestras charlas habituales? Todos hacemos uso de él cuando separamos cada una de nuestras palabras. De no ser así, ¿cómoharíamosparadiferenciarlas,cómosabercuálescuál?

Tras un segundo, un frenazo abrupto lanzó mi mirada de nuevo sobre las gotas de lluvia, el desamor y las escenas de la última cita. Entonces hallé nuevamente al Silencio, pero este otro lo descubrí doloroso. Aquel maldito que surgía tras mis preguntas cuando tú no respondías, y que parecía no decir nada aunque en realidad dijera mucho. Suficiente para despedazar mi corazón, para dejarlo mutilado por una especie de viento seco.

Pensando en ella recordé el dulce silencio de los enamorados. Los momentos en donde no tienen ninguna importancia las palabras: el del helado que se comparte, el que une cuando se anda o se descansa tomándose de la mano; o aquel otro, el seductor previo al beso, sea donde sea, cuando las palabras se agotan, las manos se tientan y las miradas juguetean. Y aquel que no te abandonará fácilmente tras haberlo escuchado: el silencio profundo durante el amor. El que sólo se romperá con los murmullos privados y los roces orquestales de los cuerpos.

Entonces tocó bajarse. Caminando hacia el salón me di cuenta de que el silencio también puede hacernos un bien. Yo, por ejemplo, estaba viviendo un silencio consciente que hacía madurar mis palabras; uno reflexivo que buscaba evitarme las frases inoportunas, las metidas de pata (seguidas de un silencio particularmente bochornoso) y también, claro está, el uso de tantísimas frases de cajón que usamos a diario, no sé por qué –creo yo, por tanta telenovela– en nuestra vida de pareja. Éstas, al fin y al cabo, no hacen más que desgastar el corazón a golpe de millones de “te amo”, sin tener en ningún caso, un delicioso y fresco sabor de sinceridad en nuestros labios. 



¿A CUENTA DE QUÉ?

Me acosa el machismo y no me lo aguanto. DE-SES-PE-RAN-TE. Desesperante el efecto producido por esa desgracia de pensamiento que hace décadas nuestra sociedad patriarcal ha sostenido. Me ataca con ironía, me tira lances desde pancartas de hombres “machísimos”, sin camisa, con yines de moda, y celebrando su hombría al lado de mujeres provocativas que les reiteran su victoria: haberlas ganado como trofeos.

¿A cuenta de qué cada oportunidad de conversación con una mujer debe terminar en la cama; yo, como todo un varón que levanté, ella como otra perra fácil? ¿A cuenta de qué actuar al contrario: sólo buscar amistad, conocimiento, comprensión, significa enseguida el estigma de pendejo? ¿Por qué a toda la que “me da papaya” tengo que hacerle la vuelta? ¿Por qué debo hacer de mi vida sexual algo público para mantener mi estatus de macho Alfa? Por ahí está el parche… acosándote para que acates lo que las sumas leyes de la hombría dicen que hay que hacer, aunque de pronto uno no está de acuerdo con ellas. Para uno mismo es suficiente saber, por ejemplo, que la belleza de esa niña que nos encanta no está sólo en sus senos o en sus nalgas; sino también (y a veces por mayor razón) en la forma en que nos hace reír, hablar, cuestionarnos y pensar.

No me aguanto el machismo por su forma de ver el mundo: una división rotunda entre hombres y mujeres, y reiterada con su lenguaje vulgar y corrosivo: “Hoy me la como”, “El hombre propone, la mujer dispone”, “Cuando el hombre habla, la mujer calla”, “Hágalo con verraquera como cuando orinaba parado”. No me lo aguanto de parte y parte. En su acción sobre los hombres que nos convierte a todos en unos morbosos y obsesivos buscadores de sexo; ni sobre las mujeres, que a pesar de su legítimo agravio sufrido históricamente, parece que a veces encuentran en el machismo el escudo perfecto para hacer y deshacer en sus relaciones afectivas: para colgarte el teléfono cuando les da la gana o para exigirte compromisos que no cumplen. Hastiado estoy de ese victimismo que en ocasiones tanto disfrutan y que el propio machismo les ha otorgado.

Y resulta angustiante que esta desgraciada ideología con que nacimos, que busca meterse a nuestras bocas a la menor oportunidad, nos niegue a los hombres el derecho a la expresión natural de nuestros sentimientos. ¿A cuenta de qué la ternura ya no nos pertenece sino para tramar a la niña de la noche? Como hombre también puedo y deseo ser tierno, porque se me da la gana ser tierno, fraterno, con mis hermanos, con mis amigos, mis parceros. Darles un abrazo puede expresar también lo que se lleva en el alma.

Este machismo de mierda nos ha censurado a los hombres el corazón y nos ha puesto en un rincón, en forma de tabú, todo gesto de poesía, cariño, duda, fragilidad y ternura. Andamos acosados por el fantasma de la “mariconería” que como dementes vemos en cualquier esquina; y nos ha tocado a todos, en algún momento de nuestra vida, andar siempre a la defensiva, intranquilos, sin poder ser hombres plenamente humanos. El machismo nos acosa… pero yo ya no me lo aguanto.



56 AÑOS DE JUVENTUD


¿No se han preguntado cómo ciertos viejitos bonachones sonríen más que una quinceañera y andan con más energía que los conejitos de Duracell? Y es que ciertos tíos, abuelos o papás, cincuentones, sesentones, setentones, cumplen a las mil maravillas la expresión “todos tenemos un niño en nuestro interior”. Con todo y sus barbas y canas, sus cerveceras barrigas y pieles honestamente envejecidas. Pero los he visto: como bailarines incansables de la vida, repletos de jolgorio, de chiste, de alegría juvenil.  ¿Cómo mantuvieron el color de sus tiempos mozos, el espíritu del juego, de la risa y la confianza descomplicada? Todas éstas, a mi parecer, características esenciales del ser joven.

La idea de la juventud, tan apreciada en estas sociedades consumistas de placer, se enriquecería muchísimo si pensáramos que va más allá del cuerpo. Por varias décadas el mercado se ha encargado eficientemente de ofrecernos  juventud en recetas, cápsulas, operaciones, revistas… No ha logrado convertirla en una aplicación de Iphone ni en la siempre añorada crema de Photoshop, pero ha sido eficaz en lograr que muchos asumamos, con cierto facilismo, infinita cantidad de propuestas materiales para pretender ser siempre jóvenes.

Doble error:
Obsesionarnos con un deseo que desafía la naturaleza de la vida
y reducir la juventud a un asunto corporal.

Pues por mucho que lo temamos, llegará el momento en que la ropa no nos ajustará; nuestros músculos revolotearán flácidos y nuestra piel se plegará inevitablemente sobre el rostro. Con el tiempo no veremos tan bien, no aguantaremos el mismo ritmo fiestero del pasado y hasta el sexo tendrá desazones inesperadas. Llegarán también deudas por pagar, una familia que mantener, negocios donde nos tumbarán, acuerdos y amistades que serán traicionados (y traicioneros), y nuestros padres sólo serán un bello recuerdo para nuestros hijos.  

Aceptando entonces que tendremos que cambiar radicalmente nuestras rutinas, y que nuestro cuerpo cederá de una u otra forma a los desgastes del tiempo, ¿no sería bueno creer que la fuente de la eterna juventud yace en nuestro interior? ¿Que beber de ella no es sino pensar y actuar de un cierto modo, y dejar de lado los afanes y artificios de nuestra sociedad, que iguala estrictamente belleza y placer con juventud?

Creo que un elemento importante es la forma en que se toma la vida. Podremos estar endeudados, gordos, feos y canosos, pero nada nos arrebatará el derecho a sonreír frente a los malestares, o el derecho a seguir gozando de cada instante “insignificante”. Y será una decisión personal continuar siendo curiosos, no perder la eterna sorpresa o colorear con nuestra creatividad el día a día. Por mi parte yo querré seguir jugando, con todo y mi vejez, jugando y burlándome hasta de mi propia cara arrugada. Mucho más nos envejecería una existencia llena de amargura, decepción y dejadez, sin actividades o proyectos, sosa y aburrida.

Afortunadamente todo lo anterior mi padre no ha dejado de demostrármelo. No se cansó de inventarme disfraces estando yo pequeño, no se ha aburrido de hacerme bromas ni de prestarse para todo tipo de jugarretas; no deja de creer que está siempre “tan joven y bonito”, y sus energías en efecto, le desbordan. Hasta el infinito y más allá. Y si esto que he dicho tiene algo de verdad, tal vez algún día, como él, por decisión propia mis 20 años se extenderán hasta los 56.



P.D: Y si de actitud se trata la cosa, les comparto un video 1-A para que no dejemos de vivir plenamente vitales:


sábado, septiembre 10, 2011

SOMBRAS DE MIS MAYORES

“Sombras de mis mayores” es un canto de tradición yoruba que invoca al Dios Changó por la suerte de sus hijos nacidos en el nuevo mundo de América. Éste ha sido  tomado de Cuatro Autores Mitos, Cuentos y Leyendas ASIA ÁFRICA EUROPA AMERICA, cooperativa editorial Magisterio, 1988; extraído a su vez de la novela Changó, el gran putas de Manuel Zapata Olivella. Disfrútenlo tanto como yo al leerlo la primera vez. Hemos nacido hermanados del mundo africano, europeo y americano; por nuestra alma, incluso sin notarlo, navega la historia de un continente, sus voces y ritmos. Mi corazón, y tal vez el tuyo, amigo latinoamericano, es un crisol del mundo.



               Ancestros
sombras de mis mayores
sombras que tenéis la suerte de conversar con los Orichas
acompañadme con vuestras voces tambores,
quiero dar vida a mis palabras.
           
Acercaos huellas sin pisadas
fuego sin leña
alimento de los vivos
necesito vuestra llama
para cantar el exilio del Muntu
todavía dormido en el sueño de la semilla.
           
            Necesito vuestra alegría
vuestro canto
vuestra danza
vuestra inspiración
vuestro llanto.
           
            Vengan todos esta noche.
¡Acérquense!
La lluvia no los moje
ni los perros ladren
ni los niños teman.
¡Traigan la gracia que avive mi canto!
Sequen el llanto de nuestras mujeres de sus maridos apartadas,
huérfanas de sus hijos.

            Que mi canto
eco de vuestra voz
ayude a la siembra del grano
para que el nuevo Muntu americano
renazca del dolor
sepa reír en la angustia
tornar en fuego las cenizas
en chispa-sol las cadenas de Changó.

            ¡Eia!    ¿Estáis todos aquí?
Que no falte ningún Ancestro
en la hora de la gran iniciación
para consagrar a Nagó
el escogido navegante
capitán en el exilio
de los condenados de Changó.
Hoy es el día de la partida
cuando la huella no olvidada
se posa en el polvo del mañana.
Escuchemos la voz de los sabios
la voluntad de los Orichas cabalgando
el cuerpo de sus caballos.

            Hoy enterramos el mijo
la semilla sagrada
en el ombligo de la madre África
para que muera
se pudra en su seno
y renazca en la sangre de América.

            Madre Tierra ofrece al nuevo Muntu
tus islas dispersas,
las acogedoras caderas de tus costas.
Bríndale las altas montañas,
las mesetas,
el duro espinazo de tus espaldas.

            Y para que se nutra en tus savias
el hijo nacido en tus valles
los anchos ríos entrégale
derramadas sangres
que se vierten en tus mares.





viernes, septiembre 02, 2011


365 DÍAS PARA RENACER

3… 2… 1….  Luego, fuegos multicolores ardieron en todo el planeta; los gritos de júbilo se mezclaron con la música de las casas, las plazas y las calles; la bebida y la comida brotaron como espuma de todos los rincones. Los abrazos, hacia todas direcciones. En un segundo, millones de voces de alegría festejaron en coro lo que algunos llaman happy new year, bonne nouvelle année, felice anno nuovo o glückliches neues Jahr. Que no es lo mismo pero es igual: en últimas así celebramos ese final-inicio que fue, ante todo, simbólico.

Un extraterrestre se hubiera divertido toneladas viendo cómo en tantos puntos de la Tierra las personas se aglomeraron en un día preciso, para cantar y emborracharse. Él no entendería. Quizás sólo habría visto girar a nuestro planeta una vez más sobre su eje y terminar otro ciclo alrededor del sol. Si este personaje hubiera descendido, tal vez habría observado que en ese día tan festivo las constelaciones no cambiaron mucho de lugar en el cielo, y que la luna se ocultó y resurgió como de costumbre. Y si este alienígena hubiera investigado un poco, habría hallado que para muchos el 31 de diciembre es el fin del año —en calendario gregoriano—; pero que para los tailandeses y camboyanos eso no ocurre sino en el 14 de abril. Que el año nuevo inca, el Inti Raymi (aún celebrado en nuestra ciudad y continente) sucede el 22 de junio; y que para los chinos y musulmanes, que operan con calendario lunar, el fin de año es entre enero y febrero para los primeros, y que los segundos ya lo habrían celebrado el 7 de diciembre.

En tanto símbolo, ese inicio de año debería infundirnos la fuerza para comenzar, con él, un nuevo ciclo en nuestra vida. Así como los meses nacen nuevamente, nosotros también podemos renacer y sentirnos frescos como el correr del viento al abrir la ventana. Es un buen momento para sacudir las sábanas de nuestra existencia y limpiarlas de polvo; una ocasión para zanjar deudas con el lado feo de nuestro carácter, para transformar nuestra cotidianidad con pequeñas grandes obras, para prometernos una vida nueva sin tener que morir.

Me preguntarán por qué escribo sobre el Fin de Año a comienzos de septiembre. Esto resultaría un tanto absurdo si no fuera por el hecho de que nada impide que ese espíritu de cambio, que tanto nos prometemos en esas fechas, se transmita a todos los momentos del calendario. Así, por mucho que se aleje el 31 de diciembre, es realmente valioso creer que incluso el despertar de cada día puede obtener el valor de un nuevo inicio, si tenemos la voluntad dispuesta para ello. Cualquier momento puede volverse un renacimiento, ya sea bajo la forma del final de una semana o de inicio de un nuevo noviazgo. A partir de un acto desinteresado hacia un desconocido o por lo impresionante de un torrencial aguacero. Y hasta lo más triste y desolador: la muerte, la soledad, las heridas, podía ser un punto de arranque, un trampolín en nuestra existencia, si tenemos el coraje para vivirlo.




DESEOS CREATIVOS

-Todos entran queriendo revolucionar el arte… luego, en quinto semestre se dan cuenta de que no lo harán y que les tocó ser licenciados. Ahí es cuando se retiran.- Así hablaba recientemente una amiga sobre los estudiantes de artes de su universidad. Un poco fatalista, pero esta anécdota escondería una actitud que vale la pena analizar.

¿Qué sucede en la cabeza de estos primíparos al entrar a la U? ¿Por qué sus deseos creativos se van refrenando al contacto del sistema educativo? ¿Será que los profes de veras le cortan a uno por completo las alas? Tal vez sí, tal vez no. Yo creería, sin embargo, que una razón es la apertura de nuestros horizontes de conocimiento. A muchos nos ha sucedido que nos acostumbramos a las alabanzas de nuestros pequeños círculos sociales, por nuestro “gran talento y conocimiento”.  Luego entramos a la universidad y ahí todo se complica. Porque queriéndolo o no, nos damos de frente con una dimensión del Arte mucho más amplia: miles de técnicas, grandes maestros, centenares de corrientes y estilos. Entonces  vamos comprendiendo, angustiados, que quizás nuestras ideas no son tan grandes, que no son tan originales y que ni son tan ideas.

Pero pasar de ese choque, en mi opinión perfectamente normal, a la idea determinista de que nuestras propuestas, talento y esfuerzo son insignificantes, porque “en el arte ya todo fue inventado”, es una pésima conclusión.

Botticelli, Magritte y Man Ray se parecen, con todo y sus 5 siglos de diferencia. Cuando observamos a estos artistas del Renacimiento y del surrealismo respectivamente, uno reconoce su “genialidad”; pero también su momento histórico, sus condiciones sociales y el ambiente en que se formaron. Y además, que si bien algunos nacieron con aptitudes para ejercer sus oficios con excelencia, ninguno se dejó caer en las tumbas de la gloria, ni dejó de esforzarse día tras día. Yo me pregunto de qué sirve un inmenso talento innato sin un medio adecuado que lo encauce y potencie. ¿De qué sirve una excelente pintura pero estancada en su pote; un pincel perezosamente alejado de la tela, y un pintor engreído y adormilado? Siento que sólo el talento no basta, que como dicen: “hay que leer”. Y camellar, camellar mucho diariamente.

La desilusión de los primíparos no me es ajena, la entiendo muy bien. Estudiando los grandes fenómenos del arte, uno creería que no hay ninguna novedad en lo propio, que no vale la pena insistir… ¡Por favor, pensemos mejor! La Historia nos ha demostrado cómo los buenos artistas han florecido con el tiempo, el estudio, las buenas compañías y la práctica. En serio, ¿qué nos impide a nosotros serlo? ¿Tan poca confianza tenemos en nosotros mismos?

Como principiantes en general pecamos mucho por inexperiencia. En 5 semestres, ¡tan sólo 5 semestres!, sería absolutamente arrogante tomarse por el non plus ultra del arte, la vanguardia encarnada. Aún falta recorrido, conocer los modelos de maestría, forjarnos una identidad (y no sólo hablo de la artística). Aún falta salir del cascarón. Pero tampoco va para nada bien dar por sentado en ese mismo tiempo, que nuestra potencialidad está marchita o que nuestra creatividad es un cero a la izquierda. Es una cuestión de creer. Porque yo, así como vos, creo de crear y creo de creer. 




viernes, mayo 20, 2011

PREÁMBULOS DE UN MEJOR SER HUMANO

Despacito uno va aprendiendo,

porque uno siempre va aprendiendo,

así como de a poquitos,

uno va creyendo,

y también un poco, creo, a las patadas,

que siempre existirán

esas épocas en donde tendremos

un buen y agradable remanso.


Y luego uno va aprendiendo,

porque uno siempre va aprendiendo,

que van a haber los otros momentos.

No sé nos hará tan raro pensar,

con el paso del tiempo,

que así, como de a poquitos,

y también como a las patadas,

existirán necesariamente

esos momentos infaltables del vivir,

en donde uno, que soy yo o sos vos,

mete hasta el fondo la pata.


Entonces uno va comprendiendo,

porque uno siempre va comprendiendo;

y no se hace tan raro saber

por qué ya no se puede bien dormir,

aunque en general haga bien dormir,

aunque siempre haga bien dormir,

aunque en el fondo queramos bien dormir.


Esos son los días, creo,

en los que uno tiene que continuar

así, aprendiendo,

comprendiendo,

queriendo,

porque uno nunca deja de hacerlo,

así como de a poquitos

y esperando que no siempre a las patadas,

que podamos dejar ya de sentir,

por dentro y por fuera,

eso que uno siente:

la decepción de lo que fuimos

y que no queremos nunca

pero nunca, volver a ser.