No pocas veces caemos en alguna silla cotidiana con la plena convicción de que el mundo es, efectivamente, una mierda. Pero no es de sorprendernos esta conclusión, considerando el despliegue mediático que nos recuerda constantemente la guerras e injusticias de tantos países, la corrupción de los gobiernos, la destrucción progresiva del medio ambiente, el nivel de degenero y perversión que puede alcanzar el género humano… Nos inunda entonces la tristeza, el desconsuelo y la frustración, pues ¿para qué seguir creyendo que las cosas mejorarán cuando el panorama se ve irremediablemente perdido? ¿Para qué bregar tanto si en últimas nada cambiará?
Tales afirmaciones podrían ser, sin embargo, incluso más peligrosas que cualquier bomba o metralla, puesto que borran cualquier perspectiva u horizonte, cualquier estímulo que nos mueva. En un país como el nuestro eso es lo último que necesitamos: una juventud vacía de toda esperanza, llena de intenciones transformadoras pero oxidadas, y postrada en el cómodo facilismo de dar por perdido un torneo de antemano para no tener que ir a entrenar.
Nos hemos formado muy bien para creer que los cambios provienen de sucesos muy lejanos del cotidiano. Pensamos que todo ha surgido de individuos cuyas fotos pueblan las enciclopedias de historia, y confiamos que siempre los logros importantes tienen que ser a gran escala y dirigidos por algún caudillo fuera del común. Al parecer esperamos demasiado que una gran revolución desenrede este envolate de mundo de un solo golpe. Así de facto, rapidito, sin tanta vuelta.
Pero no pensamos, o al menos no tan a menudo, que las transformaciones más radicales pueden florecer en espacios mucho más pequeños como nuestras aulas de clase, en nuestra vida de pareja, nuestra familia, nuestros círculos de amigos, y sobre todo, en nosotros mismos. Porque sentimos, o al menos eso se ha arraigado en nosotros hace ya un tiempo que la vida privada y vida pública, individuo y sociedad, personalidad y política son eso: realidades duales, aspectos separados e irreconciliables. Por ello en nuestros tiempos de “cada uno para sí y Dios para todos”, nuestra imagen propia como actores de cambio es ínfima; que sólo con grandes acontecimientos (generalmente curules en el congreso, elecciones de presidente o bombas y similares) este país; ¡no qué va! el mundo entero da un giro. Es curioso porque esto sucede en estos tiempos de los “granitos de arena”. Al parecer no nos lo tomamos muy en serio.
Para tantos pobres mortales lazados a este plano terrenal, inmersos en espacios turbulentos y de fuerzas a la cuales no tenemos acceso (fácilmente), parecería que el cliché del granito por la paz debe ser reconsiderada. Pero sacudamos el polvo de ese eslogan tan usado, ¿cómo en realidad puede funcionar? En esta época tan convulsionada esto puede significar la interesante apuesta personal de que cada uno lleve sus ideales de mundo y país a los escenarios más cotidianos (y aparentemente irrelevantes) y garantizar su armonía. Ya escucho las voces que me pedirán de inmediato una cierta unicidad en cuanto los “ideales de mundo y de país”; pero hay algo claro: para aquellos deseosos de tales discusiones filosóficas, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
La apuesta es llevar aquello que proclamamos como valores universales, como principios rectores de nuestra sociedad y ponerlas en marcha dentro de cada quien. Partamos de la idea de que cada uno es en sí mismo un proyecto de país por construir; así pues, ¿no se les hace incoherente anunciar a cuatro vientos la libertad, la democracia, el respeto, la equidad o la soberanía, como bienes fundamentales; pero que al voltear el rostro manipulemos a nuestra pareja para que acepte algo, no consultemos la opinión de nuestros compañeros de estudio, irrespetemos a nuestros padres, siempre queramos ganarnos la torta completa o no seamos soberanos ni de nuestros propios cuerpos de traba en traba o de borrachera en borrachera?
Lo que resultará de eso no será un cambio estruendoso, de pomposidad difundida como los resultados del campeonato mundial de futbol o el ganador de unas presidenciales. Claro que no. Lograremos, asumiendo que abandonamos la pereza de pensarnos como ciudadanos activos, una transformación silenciosa y radical. Ya que la apuesta por cambiar las costumbres es un proceso lento, demasiado lento para las velocidades de nuestras cotidianidades de zapping y Blackberry. Toda comunidad tiene un destino íntimamente unido al carácter de sus integrantes, eso no podemos obviarlo.
Los sueños de país se construyen con pequeñas grandes obras que tienen que ver con nuestro diario vivir. Al igual que toda línea se hace a partir de muchos puntos, este gran dibujo que es Colombia se construye con acciones permanentes de todos. Toca hacer país desde nuestra levantada hasta la dormida, desde un “por favor” hasta un “disculpe, podría colaborarme…”, desde que filtramos nuestro idioma en busca de cualquier rastro de machismo, racismo, xenofobia o autoritarismo; desde que salimos de nuestra narcisista fascinación por la vida cómoda. Como lo dice Pirry: “Una revolución de las pequeñas cosas”.
Yo creo que no veré los cimientos de este país removidos y pulidos; de pronto mis hijos apreciarán algo de ello. Empero estoy consciente de que, si bien me harán falta algunas generaciones, al menos en lo que concierne a ésta, yo podré dar fe de que vamos en buena ruta por las personas que encontraré a mi paso y que compartirán, como yo, esta propuesta política. Más aún, esto es un estilo de vida, y no pretende ser en todo caso un ingenioso escape a acciones de mayor envergadura en este mundo. Pero todo a su tiempo, todo a su tiempo. Como lo he dicho: ya se sentirán los cambios al irse encontrando todos aquellos que hayan decido actuar de este modo. En este mundo hay mucha gente buena, yo lo sé, usted lo sabe; ¿será que tantas buenas almas sólo nos hayamos dispersos; alejados y aguardando encontrar los espacios para vincular nobles pensamientos y proyectos?
Todo esto, tal vez la megaobra más ambiciosa de Cali, verá sus frutos en el modo de vivir de sus habitantes, pero la condición será que cada uno devenga su propio veedor. Pequeñas grandes obras para ver un día, tarde o noche en que los hermanos sean mejores hermanos y se abracen más a menudo. Que los hijos no olviden a sus padres. Que entre los amigos no pase de moda ser responsable. Que sea un “parche” ser excelente estudiante. Que la marca imperecedera en esta sociedad capitalista sea la sensibilidad y el espíritu crítico. Que cumplamos nuestros acuerdos de pareja. Que de la jerga se esfume poco a poco la soberbia y el egoísmo. Que el arte no sea lo último que se nos ocurra como plan. Que se apaguen más los televisores y se abran más libros. Que la belleza de cuerpo sea también armonía de espíritu. Que en cada espacio de este kosmos podamos encontrar un amigo nuevo…