Al amanecer después de un aguacero, el día se inunda de caminos de barro. Al pasar, entre tanto pasto húmedo, sobre tanta tierra suave empapada de pisadas, moldeada por las suelas hasta lo más plástico y blando; al untarme de aire, con sus olores mundanos y un poco de humo, mariguana y rocío; entonces se me antoja de repente dejar caer de una buena vez tantas atiborrantes palabras con aura y cara de elegancia y de yo no fui pomposo.
Ya que la silla de piedra y su pintura caída me comentan lo que los charcos y las manchas de salsa de frijoles sobre la camisa me repiten. Lo que el musgo fresquito, el grafito del Mirado y el chicle de la tarde sienten, y que los minutos a 200, los culos y colas, chitos y bombombunes gritan también.
Es que poco a poco la metáfora me sabe a hueso y hablar de tanta esencia, concepto e idea subyacente me comienza a hastiar con su gusto refinado de fantasma.
Que si quiero hablar de un árbol y su copa, pues no es porque quiera irme por las ramas. Que si hablo de un océano, no es eso entonces un espejo interior, ni son sus olas la cadencia mimetizada del espíritu. ¡No! ¡No se me antoja! Ahora no quiero que sean sino eso: un océano –como una rosa es una rosa es una rosa-; ese mismo eterno puto lago gigantesco que no me deja besarte; ese mismo eterno puto obstáculo que yo no puse y que no deja hacernos el amor. Y que si hablo de mi silencio, no es que quiera decir algún otro cuento místico sobre un estado sicológico digno del mayor de los estudios y de los ensayos. Pues no, sólo es que quiero quedarme callado, así bien en silencio, con la jeta cerradita que se me gasta la lengua con el pasar de tanto día.
No me quiero roer más tanto hueso rebuscado. Le llego hasta la médula y se va poniendo seco y con mucha sal. No me lo roo más porque en el fondo sí sé que hay carne, por ahí guardándose, y también tendón, esperando, y verduras que crecen gorditas, todas listas a ser palabras de tinta, siempre de tinta, que en todo caso son eso, tinta, que siempre serán eso, tinta, mucha tinta, pero ¡qué tinta! De eso son, pero… ¿saben? No sé porque esas palabras tinturadas de cotidianidad me saben tanto a un buen almuerzo bien completo. Uno con sus papas, su arroz, su juguito pulposo. Y creo que podré digerirlo bien, caerá bien antes de dormir.
Porque son eso: un bendito juguito, unas papitas y un arroz, todas así, no más, sin mucha estridencia pero con su sabor cotidiano y tangible que ya las mastico. Y que no se nos olvide salir a caminar, bendito sea el día, y que veamos muchas nubes anchas y felpudas, muchas, muchas, ancladas en un cielo de azul honesto, como ovejas y osos.

