viernes, septiembre 02, 2011


365 DÍAS PARA RENACER

3… 2… 1….  Luego, fuegos multicolores ardieron en todo el planeta; los gritos de júbilo se mezclaron con la música de las casas, las plazas y las calles; la bebida y la comida brotaron como espuma de todos los rincones. Los abrazos, hacia todas direcciones. En un segundo, millones de voces de alegría festejaron en coro lo que algunos llaman happy new year, bonne nouvelle année, felice anno nuovo o glückliches neues Jahr. Que no es lo mismo pero es igual: en últimas así celebramos ese final-inicio que fue, ante todo, simbólico.

Un extraterrestre se hubiera divertido toneladas viendo cómo en tantos puntos de la Tierra las personas se aglomeraron en un día preciso, para cantar y emborracharse. Él no entendería. Quizás sólo habría visto girar a nuestro planeta una vez más sobre su eje y terminar otro ciclo alrededor del sol. Si este personaje hubiera descendido, tal vez habría observado que en ese día tan festivo las constelaciones no cambiaron mucho de lugar en el cielo, y que la luna se ocultó y resurgió como de costumbre. Y si este alienígena hubiera investigado un poco, habría hallado que para muchos el 31 de diciembre es el fin del año —en calendario gregoriano—; pero que para los tailandeses y camboyanos eso no ocurre sino en el 14 de abril. Que el año nuevo inca, el Inti Raymi (aún celebrado en nuestra ciudad y continente) sucede el 22 de junio; y que para los chinos y musulmanes, que operan con calendario lunar, el fin de año es entre enero y febrero para los primeros, y que los segundos ya lo habrían celebrado el 7 de diciembre.

En tanto símbolo, ese inicio de año debería infundirnos la fuerza para comenzar, con él, un nuevo ciclo en nuestra vida. Así como los meses nacen nuevamente, nosotros también podemos renacer y sentirnos frescos como el correr del viento al abrir la ventana. Es un buen momento para sacudir las sábanas de nuestra existencia y limpiarlas de polvo; una ocasión para zanjar deudas con el lado feo de nuestro carácter, para transformar nuestra cotidianidad con pequeñas grandes obras, para prometernos una vida nueva sin tener que morir.

Me preguntarán por qué escribo sobre el Fin de Año a comienzos de septiembre. Esto resultaría un tanto absurdo si no fuera por el hecho de que nada impide que ese espíritu de cambio, que tanto nos prometemos en esas fechas, se transmita a todos los momentos del calendario. Así, por mucho que se aleje el 31 de diciembre, es realmente valioso creer que incluso el despertar de cada día puede obtener el valor de un nuevo inicio, si tenemos la voluntad dispuesta para ello. Cualquier momento puede volverse un renacimiento, ya sea bajo la forma del final de una semana o de inicio de un nuevo noviazgo. A partir de un acto desinteresado hacia un desconocido o por lo impresionante de un torrencial aguacero. Y hasta lo más triste y desolador: la muerte, la soledad, las heridas, podía ser un punto de arranque, un trampolín en nuestra existencia, si tenemos el coraje para vivirlo.