365 DÍAS PARA RENACER
3… 2… 1…. Luego, fuegos multicolores ardieron en todo el
planeta; los gritos de júbilo se mezclaron con la música de las casas, las
plazas y las calles; la bebida y la comida brotaron como espuma de todos los
rincones. Los abrazos, hacia todas direcciones. En un segundo, millones de
voces de alegría festejaron en coro lo que algunos llaman happy new year, bonne
nouvelle année, felice anno nuovo o glückliches neues Jahr. Que no es lo mismo
pero es igual: en últimas así celebramos ese final-inicio que fue, ante todo, simbólico.
Un
extraterrestre se hubiera divertido toneladas viendo cómo en tantos puntos de
la Tierra las personas se aglomeraron en un día preciso, para cantar y
emborracharse. Él no entendería. Quizás sólo habría visto girar a nuestro
planeta una vez más sobre su eje y terminar otro ciclo alrededor del sol. Si
este personaje hubiera descendido, tal vez habría observado que en ese día tan
festivo las constelaciones no cambiaron mucho de lugar en el cielo, y que la
luna se ocultó y resurgió como de costumbre. Y si este alienígena hubiera investigado
un poco, habría hallado que para muchos el 31 de diciembre es el fin del año —en
calendario gregoriano—; pero que para los tailandeses y camboyanos eso no
ocurre sino en el 14 de abril. Que el año nuevo inca, el Inti Raymi (aún
celebrado en nuestra ciudad y continente) sucede el 22 de junio; y que para los
chinos y musulmanes, que operan con calendario lunar, el fin de año es entre
enero y febrero para los primeros, y que los segundos ya lo habrían celebrado
el 7 de diciembre.
En
tanto símbolo, ese inicio de año debería infundirnos la fuerza para comenzar,
con él, un nuevo ciclo en nuestra vida. Así como los meses nacen nuevamente, nosotros
también podemos renacer y sentirnos frescos como el correr del viento al abrir la
ventana. Es un buen momento para sacudir las sábanas de nuestra existencia y
limpiarlas de polvo; una ocasión para zanjar deudas con el lado feo de nuestro
carácter, para transformar nuestra cotidianidad con pequeñas grandes obras, para
prometernos una vida nueva sin tener que morir.
Me
preguntarán por qué escribo sobre el Fin de Año a comienzos de septiembre. Esto
resultaría un tanto absurdo si no fuera por el hecho de que nada impide que ese
espíritu de cambio, que tanto nos prometemos en esas fechas, se transmita a
todos los momentos del calendario. Así, por mucho que se aleje el 31 de diciembre,
es realmente valioso creer que incluso el despertar de cada día puede obtener
el valor de un nuevo inicio, si tenemos la voluntad dispuesta para ello. Cualquier
momento puede volverse un renacimiento, ya sea bajo la forma del final de una semana
o de inicio de un nuevo noviazgo. A partir de un acto desinteresado hacia un
desconocido o por lo impresionante de un torrencial aguacero. Y hasta lo más
triste y desolador: la muerte, la soledad, las heridas, podía ser un punto de
arranque, un trampolín en nuestra existencia, si tenemos el coraje para
vivirlo.


