La amistad. A ella nos acercamos, la experimentamos y hemos querido comprenderla en algún momento de nuestra vida. No obstante, definirla absolutamente, como sucede con temas como el amor, la muerte o la verdad, es una guerra perdida de avanzada dada su grandísima complejidad. De hecho, consideremos que dar un juicio definitivo sobre algo no es posible ciertamente, y yo diría incluso, poco recomendado.
Así pues, enlazar las palabras para que cada uno de nosotros nos identifiquemos y sintamos nuestras emociones o experiencias con respecto a la amistad, es una tarea bastante difícil. Pensemos, por ejemplo, en la multitud de acontecimientos diferentes que cada uno de nosotros ha vivido y en las múltiples personas que nos han afectado en un sinnúmero de formas diferentes. De tal suerte, pareciera que son insuficientes únicamente nuestras propias referencias de la amistad para darle un sentido más amplio. Pienso que cada contexto humano nos da en su momento diversas claves para entender este sentimiento, esta construcción humana (aspecto que la diferencia de la simple emoción), y es preciso entonces acercarnos a cada uno de ellos para identificar lo que se hace común y construir mejor nuestro concepto.
Siendo así, ¿qué podría yo decir al respecto?
Yo diría que son felices los amigos que juntos pueden reír sin temor a sus propias risas. Cuando el miedo de ser atacados por mostrarse sin escudos o máscaras es tan fuerte, vivimos ensimismados y sin poder disfrutar de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Y felices aquellos también que se dan a la tarea de encontrar los puntos semejantes y no las líneas que los separan. Aún entre conflictos ideológicos donde entran la política, la economía, la religión o cualquier otro aspecto que difiere en cada persona, siempre habrá un sin fin de maravillas y proyectos en la vida que pueden hacernos seres más unidos.
Felices aquellos que dan sin esperar mayor recompensa que la de servir. Y es que dando, nos damos a nosotros mismos; y es que dando, si el sentido es claro y honesto, los que reciben sentirán, tanto en el fondo como en la superficie de sus almas, que es preciso devolver lo que se ha recibido. Esto lo haremos con el mayor de los gustos, con la necesidad imperiosa de ayudar y sintiendo que nos hacemos más unidos, tal como hermanos.
Felices aquellos que escuchan el espíritu humano y respetan sus altos y bajos. Puesto que respetar es un acto de atención, comprensión y opinión, seamos amigos entonces desde el diálogo que establecen nuestros espíritus; desde el hecho que te reconozco tal como te muestras y desde mi acción que interpela tu obrar y critica sanamente tu forma de ser.
Felices aquellos que, aun este mundo chambón y jodido, viven cada noche como si fuera la última y cada día como si fuera el primero (Galeano. E. 1999). Amigos que encuentran en las más claras trivialidades, razones para vivir alegres y morir plenos.
Felices aquellos que ven en las distancias, el tiempo y la separación, una nueva forma de vivir con el otro. Aunque sea a partir de recuerdos y fotografías, la emoción de pensar en él y en su rencuentro es suficiente para sacarle una sonrisa a nuestras almas, a veces apagadas.
Felices aquellos que son claros consigo mismos y dejan ver a los otros de que está hecho su carácter. Y es que entre más despejado vemos a alguien, más fácilmente podemos acercarnos a él. Y es que entre menos nubladas sean nuestras actitudes, acciones y decisiones, mas fácil sabrán los demás en qué términos participar con nosotros en el gran juego de la vida.
Felices aquellos que se piensan así mismos de tanto en tanto; que comparten sin temor sus tesoros internos; que no olvidan cultivar sus amigos más profundos y que logran comprender que al final de este viaje en la vida, lo mayor que podremos ser es un recuerdo tierno y grato en otros que todavía sueñan con descubrir el porvenir.
La amistad es una construcción de todos los instantes.



1 comentarios:
david, simplemente bello y creativo. me encanto "las noches en que parto" y me llego al corazon. felicitaciones.
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