jueves, abril 28, 2011

COMO OVEJAS Y OSOS

Al amanecer después de un aguacero, el día se inunda de caminos de barro. Al pasar, entre tanto pasto húmedo, sobre tanta tierra suave empapada de pisadas, moldeada por las suelas hasta lo más plástico y blando; al untarme de aire, con sus olores mundanos y un poco de humo, mariguana y rocío; entonces se me antoja de repente dejar caer de una buena vez tantas atiborrantes palabras con aura y cara de elegancia y de yo no fui pomposo.

Ya que la silla de piedra y su pintura caída me comentan lo que los charcos y las manchas de salsa de frijoles sobre la camisa me repiten. Lo que el musgo fresquito, el grafito del Mirado y el chicle de la tarde sienten, y que los minutos a 200, los culos y colas, chitos y bombombunes gritan también.

Es que poco a poco la metáfora me sabe a hueso y hablar de tanta esencia, concepto e idea subyacente me comienza a hastiar con su gusto refinado de fantasma.

Que si quiero hablar de un árbol y su copa, pues no es porque quiera irme por las ramas. Que si hablo de un océano, no es eso entonces un espejo interior, ni son sus olas la cadencia mimetizada del espíritu. ¡No! ¡No se me antoja! Ahora no quiero que sean sino eso: un océano –como una rosa es una rosa es una rosa-; ese mismo eterno puto lago gigantesco que no me deja besarte; ese mismo eterno puto obstáculo que yo no puse y que no deja hacernos el amor. Y que si hablo de mi silencio, no es que quiera decir algún otro cuento místico sobre un estado sicológico digno del mayor de los estudios y de los ensayos. Pues no, sólo es que quiero quedarme callado, así bien en silencio, con la jeta cerradita que se me gasta la lengua con el pasar de tanto día.

No me quiero roer más tanto hueso rebuscado. Le llego hasta la médula y se va poniendo seco y con mucha sal. No me lo roo más porque en el fondo sí sé que hay carne, por ahí guardándose, y también tendón, esperando, y verduras que crecen gorditas, todas listas a ser palabras de tinta, siempre de tinta, que en todo caso son eso, tinta, que siempre serán eso, tinta, mucha tinta, pero ¡qué tinta! De eso son, pero… ¿saben? No sé porque esas palabras tinturadas de cotidianidad me saben tanto a un buen almuerzo bien completo. Uno con sus papas, su arroz, su juguito pulposo. Y creo que podré digerirlo bien, caerá bien antes de dormir.

Porque son eso: un bendito juguito, unas papitas y un arroz, todas así, no más, sin mucha estridencia pero con su sabor cotidiano y tangible que ya las mastico. Y que no se nos olvide salir a caminar, bendito sea el día, y que veamos muchas nubes anchas y felpudas, muchas, muchas, ancladas en un cielo de azul honesto, como ovejas y osos.


PEQUEÑAS GRANDES OBRAS

No pocas veces caemos en alguna silla cotidiana con la plena convicción de que el mundo es, efectivamente, una mierda. Pero no es de sorprendernos esta conclusión, considerando el despliegue mediático que nos recuerda constantemente la guerras e injusticias de tantos países, la corrupción de los gobiernos, la destrucción progresiva del medio ambiente, el nivel de degenero y perversión que puede alcanzar el género humano… Nos inunda entonces la tristeza, el desconsuelo y la frustración, pues ¿para qué seguir creyendo que las cosas mejorarán cuando el panorama se ve irremediablemente perdido? ¿Para qué bregar tanto si en últimas nada cambiará?

Tales afirmaciones podrían ser, sin embargo, incluso más peligrosas que cualquier bomba o metralla, puesto que borran cualquier perspectiva u horizonte, cualquier estímulo que nos mueva. En un país como el nuestro eso es lo último que necesitamos: una juventud vacía de toda esperanza, llena de intenciones transformadoras pero oxidadas, y postrada en el cómodo facilismo de dar por perdido un torneo de antemano para no tener que ir a entrenar.

Nos hemos formado muy bien para creer que los cambios provienen de sucesos muy lejanos del cotidiano. Pensamos que todo ha surgido de individuos cuyas fotos pueblan las enciclopedias de historia, y confiamos que siempre los logros importantes tienen que ser a gran escala y dirigidos por algún caudillo fuera del común. Al parecer esperamos demasiado que una gran revolución desenrede este envolate de mundo de un solo golpe. Así de facto, rapidito, sin tanta vuelta.

Pero no pensamos, o al menos no tan a menudo, que las transformaciones más radicales pueden florecer en espacios mucho más pequeños como nuestras aulas de clase, en nuestra vida de pareja, nuestra familia, nuestros círculos de amigos, y sobre todo, en nosotros mismos. Porque sentimos, o al menos eso se ha arraigado en nosotros hace ya un tiempo que la vida privada y vida pública, individuo y sociedad, personalidad y política son eso: realidades duales, aspectos separados e irreconciliables. Por ello en nuestros tiempos de “cada uno para sí y Dios para todos”, nuestra imagen propia como actores de cambio es ínfima; que sólo con grandes acontecimientos (generalmente curules en el congreso, elecciones de presidente o bombas y similares) este país; ¡no qué va! el mundo entero da un giro. Es curioso porque esto sucede en estos tiempos de los “granitos de arena”. Al parecer no nos lo tomamos muy en serio.

Para tantos pobres mortales lazados a este plano terrenal, inmersos en espacios turbulentos y de fuerzas a la cuales no tenemos acceso (fácilmente), parecería que el cliché del granito por la paz debe ser reconsiderada. Pero sacudamos el polvo de ese eslogan tan usado, ¿cómo en realidad puede funcionar? En esta época tan convulsionada esto puede significar la interesante apuesta personal de que cada uno lleve sus ideales de mundo y país a los escenarios más cotidianos (y aparentemente irrelevantes) y garantizar su armonía. Ya escucho las voces que me pedirán de inmediato una cierta unicidad en cuanto los “ideales de mundo y de país”; pero hay algo claro: para aquellos deseosos de tales discusiones filosóficas, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

La apuesta es llevar aquello que proclamamos como valores universales, como principios rectores de nuestra sociedad y ponerlas en marcha dentro de cada quien. Partamos de la idea de que cada uno es en sí mismo un proyecto de país por construir; así pues, ¿no se les hace incoherente anunciar a cuatro vientos la libertad, la democracia, el respeto, la equidad o la soberanía, como bienes fundamentales; pero que al voltear el rostro manipulemos a nuestra pareja para que acepte algo, no consultemos la opinión de nuestros compañeros de estudio, irrespetemos a nuestros padres, siempre queramos ganarnos la torta completa o no seamos soberanos ni de nuestros propios cuerpos de traba en traba o de borrachera en borrachera?

Lo que resultará de eso no será un cambio estruendoso, de pomposidad difundida como los resultados del campeonato mundial de futbol o el ganador de unas presidenciales. Claro que no. Lograremos, asumiendo que abandonamos la pereza de pensarnos como ciudadanos activos, una transformación silenciosa y radical. Ya que la apuesta por cambiar las costumbres es un proceso lento, demasiado lento para las velocidades de nuestras cotidianidades de zapping y Blackberry. Toda comunidad tiene un destino íntimamente unido al carácter de sus integrantes, eso no podemos obviarlo.

Los sueños de país se construyen con pequeñas grandes obras que tienen que ver con nuestro diario vivir. Al igual que toda línea se hace a partir de muchos puntos, este gran dibujo que es Colombia se construye con acciones permanentes de todos. Toca hacer país desde nuestra levantada hasta la dormida, desde un “por favor” hasta un “disculpe, podría colaborarme…”, desde que filtramos nuestro idioma en busca de cualquier rastro de machismo, racismo, xenofobia o autoritarismo; desde que salimos de nuestra narcisista fascinación por la vida cómoda. Como lo dice Pirry: “Una revolución de las pequeñas cosas”.

Yo creo que no veré los cimientos de este país removidos y pulidos; de pronto mis hijos apreciarán algo de ello. Empero estoy consciente de que, si bien me harán falta algunas generaciones, al menos en lo que concierne a ésta, yo podré dar fe de que vamos en buena ruta por las personas que encontraré a mi paso y que compartirán, como yo, esta propuesta política. Más aún, esto es un estilo de vida, y no pretende ser en todo caso un ingenioso escape a acciones de mayor envergadura en este mundo. Pero todo a su tiempo, todo a su tiempo. Como lo he dicho: ya se sentirán los cambios al irse encontrando todos aquellos que hayan decido actuar de este modo. En este mundo hay mucha gente buena, yo lo sé, usted lo sabe; ¿será que tantas buenas almas sólo nos hayamos dispersos; alejados y aguardando encontrar los espacios para vincular nobles pensamientos y proyectos?

Todo esto, tal vez la megaobra más ambiciosa de Cali, verá sus frutos en el modo de vivir de sus habitantes, pero la condición será que cada uno devenga su propio veedor. Pequeñas grandes obras para ver un día, tarde o noche en que los hermanos sean mejores hermanos y se abracen más a menudo. Que los hijos no olviden a sus padres. Que entre los amigos no pase de moda ser responsable. Que sea un “parche” ser excelente estudiante. Que la marca imperecedera en esta sociedad capitalista sea la sensibilidad y el espíritu crítico. Que cumplamos nuestros acuerdos de pareja. Que de la jerga se esfume poco a poco la soberbia y el egoísmo. Que el arte no sea lo último que se nos ocurra como plan. Que se apaguen más los televisores y se abran más libros. Que la belleza de cuerpo sea también armonía de espíritu. Que en cada espacio de este kosmos podamos encontrar un amigo nuevo…

lunes, septiembre 21, 2009

LAS NOCHES EN QUE PARTO

Las noches en que parto dibujan con estrellas caminos que aguardan
Y son plenas.
Las noches en que canto, bajo un poco del techo amueblado de colores
Y nubes suaves tocan las fibras más bellas del corazón,
Y son nuevas.
Las noches en que viajo yacen ocultas a las miradas
Pero, son en dulzura, canción y locura para el alma, que anda
Como el viento, y que suspira
Como la mar.

Las noches en que pienso son noches en plena luz,
Son días con estrellas y cielos claros de claras lunas,
Y son bosques frescos en desiertos.
Son noches en días y días en noches.

Las noches en que parto, soy quien avanza y quien retorna.
Y si escapo de mí mismo, yo mismo revivo
Y creo pensar, en las noches más vivas
Que el viento, cual manto, también parece, en las noches que parto,
Conmigo venir a soñar.






27 de agosto de 2009

SUEÑO

Soñemos que el insomnio no es la excusa para escribirte, y soñemos que los labios están inválidos sin los tuyos. Soñemos que el latido se hiciera impertinente y unísono con los timbres del teléfono; y soñemos, también, que caminar entre todo sin tu parte, se hace más lento y vacío. Soñemos que las poesías tienen en caricia tu perfume; y soñemos, algo más, que este sueño ya fuera soñado antes y soñado antes, y soñado las veces que la canción te hiciera ver. Pero soñemos, soñemos, con la sonrisa templada y gélida de la escarcha. Pero soñemos, soñemos, con las manos de cuero escondidas y los ojos impávidos. Pero soñemos, pues qué quedaría más que eso: soñar, soñar. Soñemos que sueño en sueños compartidos, aún. Soñemos que estás más cerca que un sueño. Que no sueño: que el insomnio sí es excusa; que los labios sí están inválidos; que sí puedo sentirme pleno; que aún tu perfume me acaricia. Soñemos, soñemos. Soñemos que no hay razón para soñar. O al menos, soñémoslo, soñémoslo, soñémoslo…


18 de septiembre de 2009

FUGAZ

No te cuides tanto, amor mío
Que si eres un cielo oscuro, de noche limpia y fría,
Aun sin estrellas o galaxias, querida mía
No te cuides tanto,
De pronto hoy me convierto en estrella fugaz.

Y de tu cielo siempre estaré fijado
Marcado de tus vientos, constelaciones de sueño,
Quizás hoy me vuelva una estrella fugaz.

Para siempre verte, y no verte tanto,
En los momentos en que no lo pienses,
Y en los que así lo hagas,
y escribir tu presencia, fugaz, de sol, de remolino
De fuego y estrellas.





03 de septiembre de 2009

sábado, septiembre 19, 2009

FELICES LOS AMIGOS

La amistad. A ella nos acercamos, la experimentamos y hemos querido comprenderla en algún momento de nuestra vida. No obstante, definirla absolutamente, como sucede con temas como el amor, la muerte o la verdad, es una guerra perdida de avanzada dada su grandísima complejidad. De hecho, consideremos que dar un juicio definitivo sobre algo no es posible ciertamente, y yo diría incluso, poco recomendado.

Así pues, enlazar las palabras para que cada uno de nosotros nos identifiquemos y sintamos nuestras emociones o experiencias con respecto a la amistad, es una tarea bastante difícil. Pensemos, por ejemplo, en la multitud de acontecimientos diferentes que cada uno de nosotros ha vivido y en las múltiples personas que nos han afectado en un sinnúmero de formas diferentes. De tal suerte, pareciera que son insuficientes únicamente nuestras propias referencias de la amistad para darle un sentido más amplio. Pienso que cada contexto humano nos da en su momento diversas claves para entender este sentimiento, esta construcción humana (aspecto que la diferencia de la simple emoción), y es preciso entonces acercarnos a cada uno de ellos para identificar lo que se hace común y construir mejor nuestro concepto.


Siendo así, ¿qué podría yo decir al respecto?


Yo diría que son felices los amigos que juntos pueden reír sin temor a sus propias risas. Cuando el miedo de ser atacados por mostrarse sin escudos o máscaras es tan fuerte, vivimos ensimismados y sin poder disfrutar de nosotros mismos y de quienes nos rodean.

Y felices aquellos también que se dan a la tarea de encontrar los puntos semejantes y no las líneas que los separan. Aún entre conflictos ideológicos donde entran la política, la economía, la religión o cualquier otro aspecto que difiere en cada persona, siempre habrá un sin fin de maravillas y proyectos en la vida que pueden hacernos seres más unidos.

Felices aquellos que dan sin esperar mayor recompensa que la de servir. Y es que dando, nos damos a nosotros mismos; y es que dando, si el sentido es claro y honesto, los que reciben sentirán, tanto en el fondo como en la superficie de sus almas, que es preciso devolver lo que se ha recibido. Esto lo haremos con el mayor de los gustos, con la necesidad imperiosa de ayudar y sintiendo que nos hacemos más unidos, tal como hermanos.

Felices aquellos que escuchan el espíritu humano y respetan sus altos y bajos. Puesto que respetar es un acto de atención, comprensión y opinión, seamos amigos entonces desde el diálogo que establecen nuestros espíritus; desde el hecho que te reconozco tal como te muestras y desde mi acción que interpela tu obrar y critica sanamente tu forma de ser.

Felices aquellos que, aun este mundo chambón y jodido, viven cada noche como si fuera la última y cada día como si fuera el primero (Galeano. E. 1999). Amigos que encuentran en las más claras trivialidades, razones para vivir alegres y morir plenos.

Felices aquellos que ven en las distancias, el tiempo y la separación, una nueva forma de vivir con el otro. Aunque sea a partir de recuerdos y fotografías, la emoción de pensar en él y en su rencuentro es suficiente para sacarle una sonrisa a nuestras almas, a veces apagadas.

Felices aquellos que son claros consigo mismos y dejan ver a los otros de que está hecho su carácter. Y es que entre más despejado vemos a alguien, más fácilmente podemos acercarnos a él. Y es que entre menos nubladas sean nuestras actitudes, acciones y decisiones, mas fácil sabrán los demás en qué términos participar con nosotros en el gran juego de la vida.

Felices aquellos que se piensan así mismos de tanto en tanto; que comparten sin temor sus tesoros internos; que no olvidan cultivar sus amigos más profundos y que logran comprender que al final de este viaje en la vida, lo mayor que podremos ser es un recuerdo tierno y grato en otros que todavía sueñan con descubrir el porvenir.


La amistad es una construcción de todos los instantes.